El perdón y los inimputables

Publicado el 02 septiembre 2008 por en General

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Germán Vargas Farías (*)

Con lágrimas en los ojos, el presidente paraguayo Fernando Lugo ha pedido  perdón a las víctimas de la dictadura del general Alfredo Stroessner (1954-1989), durante la presentación del informe final de la Comisión de Verdad y Justicia que investigó los abusos de los derechos humanos cometidos durante ese  gobierno.

 

“Perdón, perdón en nombre de la Nación paraguaya”, ha dicho visiblemente conmovido Lugo, quien se ha referido a un sector del país que “dormía la siesta insensible en la convivencia con una dictadura oprobiosa”, y ha comprometido su apoyo para esclarecer los crímenes cometidos durante ese violento régimen.

 

Leo los reportes que dan cuenta de este histórico suceso en Paraguay, al mismo tiempo que releo lo declarado por el ministro de defensa peruano, Ántero Flores Aráoz, para quien exigir que las Fuerzas Armadas pidan perdón a las víctimas de crímenes cometidos por sus miembros durante el conflicto armado interno es “poner de rodillas” al Estado.

 

Esa necedad se suma a otras que hemos escuchado en los últimos días con ocasión de la conmemoración del quinto aniversario de la entrega del Informe Final de la CVR, dichas por altos funcionarios del Estado y, cuando no, por Juan Luis Cipriani, funcionario con sotana que cuando figuraba como obispo en Ayacucho dio lecciones de como clamar al cielo sin que importe la suerte terrenal del prójimo.

 

En septiembre de 2000, casi un cuarto de siglo después del golpe de Estado en Argentina que dio comienzo a la dictadura, la Iglesia católica argentina pidió  perdón a Dios “por los silencios responsables y por la participación efectiva de muchos de sus hijos en el atropello a las libertades, en la tortura y la delación, en la persecución política y la intransigencia ideológica, en las luchas y las guerras y la muerte absurda que ensangrentaron el país”.

 

Fue el presidente del episcopado argentino, monseñor Estanislao Karlic, quien leyó el documento en el que la Iglesia reconocía sus culpas, pecados, errores y omisiones. Ese gesto habrá sido interpretado en su momento por el señor Cipriani, como una cojudez.

 

Quizá por andar siempre a paso ligero, en alguna parte olvidó la lucidez el General Donayre y ha reclamado que alguien pida disculpas a las Fuerzas Armadas por la muerte de cientos de militares, y por los más de mil discapacitados que tiene el Ejército. General Donayre, a ver si comprende, los principales criminales que cometieron esos actos están en prisión y pertenecen a grupos que nadie en el Perú, excepto distraídos como usted, coloca en la misma condición de las Fuerzas Armadas.

 

Es posible que Donayre, Flores-Aráoz, Cipriani y otros en el país crean, como dijera   Augusto Pinochet, que “sólo piden perdón los que se sienten culpables”, e insistan como el difunto dictador chileno en decir que las responsabilidades son “individuales y no institucionales”. Para funcionarios como los referidos, que en mayo de 1995 el entonces jefe del Estado Mayor del ejército argentino, Martín Antonio Balza, haya pedido perdón por las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas durante el gobierno militar (1976-1982), asumiendo la  responsabilidad política que le competía, no sería más que una mariconada.

 

Por ahí ha habido otro funcionario, supuestamente más sensato, que ha dicho que el Estado no tiene que pagar la cuenta de las violaciones de la dictadura o de las transgresiones de SL. Se le pasa un detalle a Jorge del Castillo, las víctimas del conflicto armado interno no solo corresponden a la dictadura de Fujimori, también al régimen de Belaúnde, y también al primer gobierno de su partido.

 

Con la lógica de los funcionarios referidos, se podría decir que se equivocó el presidente Lugo pues el Estado paraguayo no tenía que pedir disculpas por las violaciones de la dictadura  “stronista”, y se equivoca el mismo Benedicto XVI, otrora infalible, pues la Iglesia católica no está en la obligación de pedir perdón por los abusos de los curas pederastas.

 

Es la lógica de los idiotas, de los que son, o se creen, inimputables.

 

 

(*) Director de Paz y Esperanza, invitado al consejo directivo de la CNDDHH.