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Por Carlos Jibaja Z.

El audio Quimper-León Alegría, así como en su momento lo fue el video Kouri-Montesinos, es una prueba fehaciente de aquello que se sospechaba: el copamiento aprista de la administración pública y sus turbios manejos, efectivamente están ocurriendo. Son momentos de verdad en la opinión pública, ostensibles, evidentes a todas luces, que tienen un impacto de indignación en los diversos colectivos que componen nuestra sociedad.

Cuando una persona comprueba que aquello que intuía o imaginaba, es verdad, llámese una mala noticia que se venía venir, una infidelidad o la constatación de un hecho concreto como una enfermedad, siente que un circuito de verdad se ha completado. “Ahhh, por eso es que cuando lo saludé, él como que se hizo el loco” decimos al recomponer todas las piezas a partir de lo que hemos constatado. El paso de la sospecha a la constatación evidente es un momento de verdad intenso, relampagueante, clarificador, en el que se ensamblan a la perfección lo pensado, lo sentido y los hechos de la realidad comprobados. Indignación, es quizás el sentimiento mas común en el caso de un engaño o traición de confianza. Y es precisamente indignación lo que sentimos los peruanos que escuchamos la desfachatez de personajes públicos en sus actos de robo, estafa o de colusión para delinquir.

Estos momentos de verdad son clave: la experiencia del video Kouri-Montesinos y la manera en que el régimen fujimorista cayó como un castillo de naipes a partir de este detonante es una muestra ilustrativa de la importancia del momentum. Comprendamos que un video por sí solo, por más impactante que sea, no es sino anecdótico o de efectos limitados, a menos que en la arena del espacio sociopolítico las condiciones psicosociales de un momento determinado cobren significado y resonancia mediática entre las personas y los colectivos que componen la sociedad.

Las condiciones están dadas para que el remezón político traiga consecuencias para el Gabinete Del Castillo, más allá de la renuncia del ministro del sector. ¿Por qué ahora? Las razones son varias: la pasiva complicidad de Del Castillo, jefe del Gabinete, ante ministros desaforados como Garrido Lecca, incompetentes como Alva Castro o fascistoides como Flores Araoz. Por los embates de una inflación que afecta directamente la popularidad del Presidente. Por las numerosas protestas y movilizaciones sociales en todo el país que traen inestabilidad y la sensación de estar vulnerables ante la irrupción de violencias diversas. Luego de más de dos años, vemos el desgaste de un gobierno con enormes limitaciones de gestión, gruesos errores de lectura política de la coyuntura y sobre todo déficit de confianza en las bases morales de sus principales líderes. En efecto, las condiciones psicosociales para un cambio de gabinete venían configurándose, pero faltaban dos elementos: un detonante mediático que rompiera cualquier duda y el momentum.

En el espacio público hay que tomar en cuenta la marejada de indignación que generan estos momentos de verdad en la opinión pública, indignación que es alimentada por la caja de resonancia de los medios de comunicación. La opinión pública hace presión sobre los funcionarios y las instituciones. El Congreso es hipersensible a ello. La vitrina vociferante del Parlamento es el lugar donde las correlaciones de poder entre los grupos partidarios se observan a través de los dramas y situaciones emergentes: Lourdes Flores espolea su tercera candidatura y se posiciona paradójicamente como una opositora “radical”; los nacionalistas que tienen en el congresista Abugattas, príncipe de la paranoia, al adalid de la verdad en la conformada comisión investigadora; los apristas que ante la arremetida han consensuado que en esta oportunidad el tradicional compañerismo que puede salvar a las Tulas Benítez y a los Aranas, no es una práctica recomendable. Rápidamente se han logrado 60 firmas para lo que deberá convertirse en una interpelación por los procedimientos formales del Congreso. Esa es una señal clara de que los efectos y sentimientos atizados por las condiciones psicosociales (indignación, búsqueda de culpables, necesidad de sancionar y “cortar cabezas”, felizmente de manera simbólica e institucional) se están moviendo a velocidad de crucero.

Vale preguntarse en esta oportunidad ¿la estrategia de dilatar tiempos, postergar a través de las formalidades del sistema y mecer los sentimientos hasta neutralizarlos, tendrá el efecto de controlar y atemperar el audio Quimper-León Alegría y la marejada de indignación producidas?

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