Los Maryknoll, echados de Juli

Publicado el 01 octubre 2008 por en General, Noticias, Opinión

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Escrito por Ronald Gamarra

¿Se puede dar a quien dedica 65 años de su vida a asistir a otro, a cambio de nada, un portazo en las narices por todo reconocimiento? Claro que se puede, y además decirle: «Alas y buen viento, y si te vi, no me acuerdo». Eso es lo que ha hecho, dando muestra de su particular concepto de la gratitud y la caridad cristiana, el actual obispo de Juli, José María Ortega Trinidad, con los misioneros de la Sociedad Católica Maryknoll, que laboran en Puno desde 1943, cuando el obispo Salvador Herrera los invitó a trabajar por el pueblo del Altiplano.

Los misioneros y las hermanas Maryknoll son wakcha gringos: gringos pobres. No vienen a hacer negocios ni turismo. Personalmente no lucran ni prosperan. Viven su cristianismo mediante la integración con los pueblos donde cumplen misión, respetando su cultura y su autonomía. Mientras muchos peruanos se niegan a aprender ni una palabra de alguna de nuestras numerosas lenguas nativas, los Maryknoll aprenden y hablan con cariño el quechua y el aimara para conversar fraternalmente, de tú a tú, con los campesinos y comuneros.

En dos tercios de siglo de trabajo en Puno, los Maryknoll han contribuido grandemente al desarrollo de la sociedad civil apoyando la educación, la formación laboral y la organización de los más pobres. Fundaron numerosos complejos parroquiales, fomentaron cooperativas, crearon escuelas, bibliotecas y botiquines en innumerables comunidades. Fundaron la radio de la diócesis de Puno, Onda Azul, para apoyar el servicio social católico. Para estas obras, los misioneros contaron con el apoyo de su casa matriz, la Sociedad Maryk-noll, que canalizó importantes donaciones hacia ellas.

En reconocimiento a su trabajo ejemplar, en 1957 se confió a los Maryknoll la Prelatura de Juli, lo que contribuyó a consolidar un catolicismo renovado y entroncado con el pueblo, sobre todo con los más pobres. La labor de los obispos Fedders y Koenigsknecht es recordada por ello con gratitud. Ni siquiera la violencia senderista alejó a los Maryknoll de su compromiso con el pueblo altiplánico. En aquella época crucial, la iglesia del sur andino fue un reducto de civilización y caridad, de defensa del pobre, de los derechos humanos y de la paz, mientras en la prelatura de Ayacucho, otro obispo, militante del Opus Dei, no decía esta boca es mía en medio de cientos de desaparecidos.

Lamentablemente, los vientos conservadores que hoy gobiernan la iglesia elevaron a ese obispo ayacuchano a cardenal, y llevaron a la Prelatura de Puno a un obispo miembro de la Sociedad de la Santa Cruz, afiliada al Opus Dei. No puede extrañar, pues, que ahora ajusten cuentas, y sin guardar ya ni siquiera las formas, con quienes cuestionaron decididamente el modelo conservador del cura rezandero para seguir la alternativa de vivir la fe integrándose íntimamente con la vida y la fe del pueblo pobre.

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