Putis: Acompañar para no olvidar

Publicado el 12 diciembre 2008 por en Sin categoría

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Escribe Graham Gordon (Paz y Esperanza)

 

Se acerca el 13 de diciembre, vigesimocuarto aniversario de la matanza de más de cien pobladores del poblado de Putis a manos del Ejército. La historia ya es conocida, pero no por ello deja de indignar.

 

Los pobladores de Putis en las alturas de Huanta habían huido de los ataques de Sendero Luminoso durante los años 1983-1984. En 1984, una vez instalada una base militar, los soldados les invitaron a bajarse de las montañas donde permanecían con la promesa de brindarles protección. Más de cien personas durmieron en Putis la noche del 12 de diciembre del 1984, y en la madrugada del día siguiente, los soldados sistemáticamente violaron a las mujeres mientras los hombres cavaban lo que supuestamente iba a ser una piscigranja pero que resultó siendo su propia tumba. A quemarropa les mataron a todos al borde del hoyo –hombres, mujeres, niños de menos de diez años de edad y ancianos- y les enterraron, sin misericordia, sin dignidad.

 

Todavía no se sabe los nombres verdaderos de los militares que tenían a su cargo la base militar en esa época, ni se ha terminado la identificación de los cuerpos para ofrecerles una digna sepultura. El proceso de reparaciones y de reconstrucción del Centro Poblado apenas ha empezado y la población vive en extrema pobreza añadiendo un atentado más contra la dignidad humana.  El Estado se ha negado rotundamente ofrecer disculpas por lo que pasó.

 

El aniversario de la barbarie ocurrida en Putis sirve como un tiempo para reflexionar acerca de lo que pasó, y para comprometernos a redoblar los esfuerzos por justicia y reparación, remarcando la importancia de la lucha por la memoria y en contra del olvido. Es un tiempo para acompañar a los familiares y sobrevivientes de la masacre, acompañarles en su dolor y en su largo camino para poder cerrar el duelo y reconstruir sus vidas.

 

Situaciones así nos indignan e igualmente indignan a Dios, el Dios de la justicia. La Biblia está llena de demandas de Dios a su pueblo y a las autoridades por la justicia, y advertencias de lo que pasará si no actúan así.

 

La historia del Rey David

 

 

Una historia de hace más de tres mil años es la del Rey David. Él era rey de Israel y había subido al trono tras vencer a Saúl y su familia, sin embargo todavía quedaban algunos miembros de la familia de Saúl que significaba una posible amenaza. El libro de II Samuel en el Antiguo Testamento, capítulo 21, nos cuenta que en este contexto se presentó a David una oportunidad de deshacerse de dicha amenaza. Otro grupo dentro del territorio de Israel -los gabaonitas- querían vengarse de Saúl por haber intentado exterminarlos unos años antes. Ellos ofrecieron hacer el trabajo que le convenía a David, sin que se involucrara al rey.

 

Entonces, a pesar de ser rey y con responsabilidad de proteger a todos sus súbditos, David les dio permiso a los gabaonitas para matar a los descendientes de Saúl.

 

Lo que pasó fue realmente terrible. Se tomó a los dos hijos de Rizpa -la única concubina de Saúl- y a los cinco hijos de Mical -la hija de Saúl-, varones que representaban los únicos hijos y nietos de Saúl, y se les entregó a los gabaonitas, que los ahorcaron en el monte. David había tramado, además, dejar los cadáveres fuera de la ciudad para que nadie se diera cuenta de lo que había pasado.

 

Se ve en esa historia una injustica tremenda, el abuso de autoridad, el intento de humillar a los considerados como enemigos, el actuar en secreto, y una completa indiferencia frente a la dignidad humana. Las comparaciones con el caso Putis no necesitan mayor explicación: la matanza de personas a manos de los que debían haberles protegido, los informes falsos del Ejército sobre unos 25 muertos en un supuesto enfrentamiento contra Sendero Luminoso, el encubrimiento de instituciones del Estado, y la desatención de la población.  Hasta ahora se enfrenta la indisposición del Ministerio de Defensa para entregar información respecto a los oficiales que operaban en la zona en aquél tiempo, los cuales deben ser investigados para determinar su presunta  responsabilidad en la masacre.

 

Sin embargo, la historia de la Biblia no se queda allí. Vemos la valentía de la protagonista, Rizpa, quien perdió sus dos hijos, y que representa la respuesta del pueblo frente a la injusticia.  

           

“Entonces Rizpa hija de Aja tomó una tela de cilicio y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que ninguna ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche” (v. 10)

 

De su actuar podemos rescatar cuatro puntos fundamentales:

 

1) La demanda de un entierro digno

 

 

Cuando los profetas maldecían a alguien, la maldición terminaba: “y nadie le va a enterrar y las aves y las fieras le comerán”. Los hijos y familiares de Rizpa estaban sufriendo una maldición, un insulto a su dignidad humana, y Rizpa estaba determinada a que las aves y las fieras no comieran los cadáveres. El peligro era constante y Rizpa se quedó ahí cuidándolos desde el principio de la siega hasta que llovió, lo que significaba varias semanas expuestas al calor del día y al frío de la noche, además de todo tipo de animales.

 

En el fondo Rizpa pedía un reconocimiento de la dignidad de esas personas. No podía cambiar la situación de su muerte, pero sí podía luchar por lo que estaba en su corazón. Era importante para cerrar el duelo. No podía realmente completar el proceso si los cadáveres se mantenían expuestos, sin enterrarlos. 

 

En Putis los familiares de las víctimas de la masacre quieren identificar sus cuerpos y tener un entierro digno. Están esperando 24 años sin poder cerrar el duelo, sin saber exactamente lo que pasó. Necesitan cerrar el duelo para poder reconstruir sus vidas.

 

2)      La lucha contra el olvido

 

 

La matanza a manos de los gabaonitas fue en el campo, fuera de los ojos de los citadinos. Hubiera sido posible olvidarlo, pasarlo por alto. Sin embargo, Rizpa se aseguró de que no pasara desapercibido. El velar los cadáveres era una acción para mostrar que sus familiares no habían muerto en vano, que sus vidas sí tenían sentido, que se trataba de seres humanos con valor, a los cuales no se podía simplemente desaparecer.

 

A veces en la historia del conflicto, hay quienes se preguntan ¿por qué no podemos simplemente dejar atrás lo que pasó, y pensar más bien en el futuro?, es demasiado doloroso recordar. Sin embargo, un pueblo necesita saber su historia, una nación necesita saber de dónde ha venido, para no repetir los mismos errores y para reconocer las injusticias del pasado, además de los actos dignos y valientes.

 

El derecho a la vida es el derecho fundamental de lo cual derivan todos los demás derechos, por ello no se puede pasar por alto su violación. Las personas que murieron en la masacre de Putis, personas con historias y sueños, con luchas y logros, merecen ser recordados y no olvidados. Su vida tiene valor al igual que cualquier otra vida.

 

3)      Un acto de solidaridad

 

 

Rizpa representa el pueblo, y era la persona más cercana a los muertos, pero estaba en el desierto día y noche durante todo el tiempo. ¿Qué comía? ¿Qué bebía? ¿Qué hacía para bañarse, para cambiarse de ropa? Es seguro que ella tenía el apoyo de la comunidad, y que ella es la figura que representa la lucha de la comunidad. No estaba sola, sino tenía redes de apoyo, acciones solidarias, personas que también se unían a la causa, a quienes importaba la situación de los cadáveres, que estaban dispuestos a arriesgarse por sus creencias, por sus valores.  

 

Putis, un pueblo aislado y todavía lejos de recibir la atención necesaria del Estado, necesita personas, iglesias, organizaciones, sectores del Estado, que quieran unirse en solidaridad en su largo camino hacia la justicia.

 

4)      Una confrontación profética a las autoridades

 

 

Como resultado de las acciones de Rizpa, todo el pueblo había escuchado de la matanza y David sabía que su crimen era de conocimiento público. La idea de Rizpa era confrontar el rey con lo que había hecho, para que rectifique la situación. Quería que sus injusticias no pasaran desapercibidas. Era una apuesta para que no se repita, una apuesta contra la impunidad, contra la inacción de las autoridades. Era una acción que demandaba un resultado. Ella tenía una voz profética, desde una posición de debilidad y vulneración de sus derechos.

 

En el caso de Putis, el pedido al Ministerio de Defensa para entregar los nombres de los militares encargados, la solicitud para que las más altas autoridades del Estado pidan disculpas por lo que pasó y ofrezcan garantías de una investigación pronta y justa, y la petición de identificación de los restos y un entierro digno, son todas demandas legitimas al Estado, las cuales merecen respuesta.  Hay que juntarse a las voces que piden que las autoridades asuman responsabilidad por lo que pasó, además de su obligación de reparar los familiares y asegurar la justicia para una población tan vulnerada.

        

El fin de la historia

 

En la historia de Rizpa y David, el rey se avergonzó delante de Dios y el pueblo por lo que había pasado y se sepultaron los huesos de los siete hombres muertos. Se rectificó la situación y cumplió con su deber como autoridad. Hizo un acto público de sepultura, así reconociendo la dignidad de los muertos y reparando a la casa de Saúl por lo que había pasado. Todo ello como resultado de la lucha valiosa y determinada de Rizpa.

 

No sabemos lo que va a pasar en el caso de Putis, sin embargo, tenemos la responsabilidad de acompañar a los familiares –las Rizpa de nuestra época- en su lucha por la justicia y la dignidad, y para que se reconozca que los derechos humanos son derechos de todos.