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Escribe Gustavo Oré (CNDDHH)

Perdone, amable lectora o lector, por escribir estas frases en primera persona, pero me es difícil usar el lenguaje neutral u objetivo cuando se habla de un tema como éste.

Recuerdo una conversación en una primaveral tarde con dos compañeros de estudio palestinos, junto a una amiga de origen judío sobre el conflicto en Gaza. Luego de una larga charla sobre su origen y desarrollo -en la que convenimos que, en mayor o menor proporción, son los dirigentes de cada pueblo los que tienen la responsabilidad del mismo- uno de ellos pregunta: ¿qué se podría hacer para detener tanta violencia?

Nadie se atrevió a establecer una fórmula conciliadora a tan compleja situación. Sin embargo, había un cuadro interesante por observar. En esa mesa nos encontrábamos cinco personas, una de los Estados Unidos de América, dos de Palestina, una de Israel y un peruano, conversando en un momento de paz y armonía casi perfecto. ¿Por qué no replicar ese momento y esos espacios?

La violencia que se vive en la franja de Gaza es terrible. Las personas muertas se cuentan por decenas y cientos, y abundan artículos como éste, condenando las muertes. Sin embargo, ello parece no afectar las decisiones de quienes tienen bajo su control las armas y el “poder militar”; y es que la gran mayoría de seres humanos andamos aletargados en nuestras propios asuntos, y mientras no se afecte a nuestro grupo, familia, círculo de amigos, etc., simplemente levantaremos las cejas, diremos que está muy mal, en voz baja, y nos compadeceremos por las pobres víctimas palestinas y algunas judías que mueren a miles de kilómetros de distancia. Pero más nada. Consolidando aquella perversa resignación que nos hace creer que nada se puede hacer pues el “poder militar” lo tienen otros, y mala suerte.

¿Dónde está la comunidad internacional?, se pregunta. La comunidad internacional llega hasta donde sus propias poblaciones se lo demanden. La gran mayoría de palestinos en Gaza no son terroristas ni hombres o mujeres bomba, la gran mayoría de ellas y ellos quiere vivir en paz, envejecer y morir rodeados de sus nietos. La gran mayoría de israelíes, quieren lo mismo; el resto son mentiras que inventan quienes quieren seguir teniendo el control económico y político del mundo. La mayoría en el planeta detesta la guerra y la violencia, pero no lo hacemos saber con la fuerza, la unidad y la contundencia que se debería.

Aquel día que se iniciaron los atentados fui convocado por un amigo, entre ambos llamamos a otros amigos y amigas que quisieron ir a protestar frente a una embajada del Estado de Israel en Lima, el último domingo del año por la tarde. Entre los diez manifestantes que logramos ser, estaba una niña de menos de cinco años, cuya madre le decía que era importante que estuviera a su lado, y encendió una vela por la paz y nos acompañó con entusiasmo. Mientras la gente pasaba y nos veía gritando hacia la bandera israelí, llegaba una patrulla de la policía a indagar quienes éramos, luego una camioneta del Serenazgo de Lima y, finalmente,  otra patrulla se estacionó frente a nosotros hasta que nos fuimos. En ese momento, alcancé a entender mejor cuanto teme el “poder militar” al poder de la expresión ciudadana, al de una enorme mayoría que quiere la paz y cuya voz, en ese momento, pretendimos llevar diez personas.

Me sigo preguntando: ¿por qué no ampliamos nuestro sentido de grupo? ¿qué nos falta para solidarizarnos y luchar con nuestra voz y nuestra presencia para que cese la muerte de personas inocentes?, ¿tiempo?, el uso del tiempo está en función a nuestras prioridades.

Los limeños y limeñas, pretendimos ignorar la brutal violencia desplegada por Sendero Luminoso  hasta que explotó una bomba en la calle Tarata en Miraflores. Hoy siguen muriendo personas por conflictos violentos en nuestro país, pero están al sur o al norte, son masacrados en el mundo, pero están a miles de kilómetros, allá en la franja de Gaza. Fuera de nuestro entorno, de nuestro grupo.

Probablemente por esa desidia cuando nos manifestamos contra las muertes y la masacre en la franja de Gaza, no se nos unen, pasan de largo con sus bolsas de compras para la fiesta de año nuevo. A lo mejor protestarán y se indignarán cuando alguien “de su grupo” sea asesinado. Allí pedirán paz y justicia con ahínco y persistencia, aunque quizá sea demasiado tarde.