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Por Ronald Gamarra

El éxito obtenido por la directora Claudia Llosa con La Teta Asustada en el prestigioso Festival de Berlín ha conmovido y emocionado a todos los que amamos el cine y el arte, y vemos, consternados, cuán difícil es producirlo en nuestro país, sin apoyo económico suficiente ni comprensión por las propuestas artísticas, y más bien con indiferencia u hostilidad, sobre todo cuando éstas escapan al conformismo, cuestionando la violencia, la injusticia y la impostura que se ocultan tras las apariencias.

La calidad de Claudia Llosa como narradora de gran vigor y originalidad ya se había manifestado en Madeinusa, película que en su momento encontró la incomprensión prejuiciosa de algunos comisarios de la cultura, que aún persisten en descalificar, desde ya, a La Teta Asustada ¡sin haberla visto! Felizmente, la mala crítica no ha desalentado a la directora, de la cual esperamos ahora una carrera espléndida.

Por lo que ya ha trascendido sobre La Teta Asustada, no cabe duda de que estamos, además de ante una obra de arte, ante la denuncia valiente de una realidad desgarradora a la cual la sociedad y el Estado no han prestado la atención y la justicia que exige. Se trata de la violencia contra la mujer, en particular aquella que se produjo en el conflicto armado interno de 1980 a 1995, en el cual innumerables mujeres y niñas sufrieron terribles agresiones y, sobre todo, la peor de las afrentas: la violación sexual, cometida tanto por los terroristas como, lo que es aún más inadmisible, por efectivos de las FFAA.

Actualmente, solo en las fiscalías de Ayacucho, hay los casos de 42 mujeres violadas, que se atrevieron a romper el temor y la vergüenza que impiden a muchísimas otras denunciar el crimen del que fueron víctimas. Y no hay justicia para ellas. En Huancavelica, en las localidades de Manta y Vilca, decenas de mujeres fueron violadas por los efectivos de la base militar que allí se estableció. Siete de aquellas mujeres valerosamente dieron el paso de denunciar a sus agresores, identificando plenamente a nueve militares, pero ellas también esperan justicia. La Defensoría del Pueblo ha documentado decenas de casos, que han sido acogidos por el Relator Especial de la ONU sobre violencia contra la mujer, pero no por las autoridades peruanas.

A esas mujeres, generalmente pobres, monolingües en quechua, sin escolaridad ni ciudadanía reconocida y respetada, que esperan justicia sin que el Estado ni la sociedad se preocupen por ellas como deberían; a todas esas mujeres, una de las cuales fue la propia abuela de la bella y encantadora actriz huantina Magaly Solier –ella misma viviendo a salto de mata cuando era niña para escapar de la violencia–, a esas mujeres a las que debemos, culpablemente, la justicia y el afecto que se les niega, esta película da voz y presencia universal y hace, por fin, visibles su drama y su exigencia, de los que no queremos darnos por enterados.

Hay gran energía y esperanza en el arte peruano. Claudia Llosa, al lado de Josué Méndez –que brilló con Dioses y antes nos conmovió con la estupenda Días de Santiago– son los herederos más destacados de un cine precario pero vital, que tiene en Robles Godoy y en Lombardi a sus héroes fundadores.

http://www.larepublica.pe/archive/all/larepublica/2009/02/20/18/node/175316/total/1634/pagina

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