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Con Diccionario Abracadabra. Dice que la vida cotidiana del país crea neblinas de olvido.

Entrevista de Pedro Escribano / Diario La República.

Gregorio Martínez repitió el plato. Ganó el primer puesto de la I Bienal de Ensayo “Premio Copé Internacional 2008” con su libro Diccionario abracadabra. Ensayos abechedarios. El 2002 ganó el Copé de Cuento con Guitarra de palisandro. Está en EEUU, pero igual le hicimos preguntas.

–Qué planteas en tu ensayo Diccionario Abracadabra?

–Diccionario Abracadabra es magia y realidad. Pero no se trata de caldito Maggi o escritura de entretiempo. Es un paquete de ensayos, 300 páginas, elaborado a todo pulmón. Se basa en un libro mágico que en mi infancia, en Coyungo, me dejó a guardar Alberto Adato, un mercachifle sefardí que recorría las aldeas a lomo de mula. Nunca volvió a Coyungo. Medio siglo después lo ubiqué en Seatle, donde él sacaba una newsletter de puño y letra, reproducida luego con recursos electrónicos. La hacía a mano porque estaba escrita en sefardí, es decir de derecha a izquierda como el hebreo, solo que usaba el alfabeto nuestro, el fenicio latino. Creo que originalmente los sefardíes hablaban arameo, el idioma de Jesucristo, no hebreo. En España, al cabo de 1,500 años perdieron el idioma. En verdad, el libro mágico de Alberto Adato era un vulgar muestrario de mercaderías con un bodoque de páginas en blanco al final que estaban cubiertas por infinidad de anotaciones. Entonces yo no sabía leer y con mi amiga Tina Vilca, que tampoco leía, jugábamos a encontrar palabras. Ella decía: ¡bichía! y yo tenía que decir el significado. La bichía era una horripilante rapaz nocturna que existía en los guarangales de Coyungo y que ya está extinguida. Entonces, me tocaba a mí y yo decía: ¡culiculí! Tina tenía que llenar el significado. Aparentemente era un juego arbitrario, como posiblemente podría parecer Diccionario abracadabra, pero el asunto era que todo estaba gobernado por un tremendo rigor.

–El subtítulo, Ensayo abechedario,  es una señal de inclusión, por el caso de la ‘ch’. Inclusión, cosa difícil en el Perú.

–No sé qué tienen los gramáticos y los lingüistas contra la ch. El diccionario de la Real Academia omite chuchumeca, por ejemplo. Excluye ese hermoso peruanismo que Arguedas usa en El zorro…. Desubica a la palabra chochoca y alguien como Rodolfo Cerrón se hace el desentendido. Sí, lo de “ensayos de abechedario” es un reclamo por la inclusión.   

–¿Tiene algo de parecido con El libro de los espejos, tu primer libro de ensayos?

–Ningún parecido. Solo que todo lo que escribo es parte del mismo mural. Como le dije al poeta Róger Santiváñez en la entrevista que me hizo cuando publiqué Tierra de caléndula: todo será parte de un manto de escritura que podría llamarse ‘Almanaque perpetuo’.

–Eres narrador, ¿cómo  aprovechas esto en los ensayos?

–En todo narrador hay un ensayista. Yo creo que Michael de Montaigne era más bien un excelente cuentista. Y Shakespeare lo sabía, pues él siempre andaba hurtándoles argumentos a los narradores. Y a Montaigne lo saqueó, pero creativamente. No como Bryce que solo mete uña. En Prosas apátridas nuestro Julio Ramón Ribeyro es un excelente ensayista, solo que no se dio cuenta.

–El ensayo por su naturaleza apela a la razón, los tuyos además de la razón, invitan a sensualidad. ¿Ocurre lo mismo con Abracadabra?

–No a la sensualidad sino a la sexualidad. La presentación de Abracadabra se titula “Ábrete, Sésamo” y empieza con la frase: muéstrame tu semillita de ajonjolí.

 –¿Acaso porque crees que mejor se piensa el país  con el ensayo te animaste a escribirlos?

–Es mi entrenamiento para entrar a tallar en el análisis concreto de la situación concreta, ahora que los teóricos marxistas se han quedado mirando las musarañas.

–Canto de sirena es inhallable, ¿por qué no lo reeditas?

–Tres editoriales se están peleando la reedición. Pero de Canto de sirena se hizo incluso una edición popular en formato de periódico, miles de ejemplares, con ilustraciones del pintor Polanco. Por esto es posible hallar el texto en el mercado subterráneo. Enrique Congrains me escribió que había encontrado en Lima una edición espiral, fotocopiada. Eso es mejor que la Orden del Sol para mí.

Dato

El ganador. Gregorio Martínez (Coyungo, Nazca, 1942). Cuentos: “Tierra de caléndula” y “Cuatro cuentos eróticos de Acarí”. Novelas: Canto de sirena, Crónica de músicos y diablos, Biblia de guarango. Con “Guitarra de palisandro”, Gregorio Martínez ganó el Trofeo de Oro la XII Bienal de Cuento 2002.

Me llevé mis chirimacos

-Lo último fue Cuentos eróticos de Acarí… ¿Qué se viene ahora?

-No quería publicar nada hasta que viera la luz la novela que tengo en proceso, de la cual apareció un capítulo en Hueso húmero. Pero este premio me mete al surco aunque no quiera. Diccionario abracadabra será mi próximo libro. No caldito Maggi sino un verdadero levantamuertos.

-A pesar del tiempo que vives en EEUU, esos cuentos dicen que sigues merodeando en Coyungo y la Casa Rosada de Nazca.

-Abelardo Oquendo dijo en su quemadero de la Inquisición que me he llevado Coyungo en mi apachico de aventurero. Bueno, no Coyungo propiamente, pero sí todos mis chirimacos.

 -¿Sientes que no te has ido?

-Seguro. Porque quienes estamos fuera somos la memoria del Perú. Es un raro fenómeno. Los que están en el Perú ya no recuerdan los hechos ni los lugares. Las situaciones cotidianas crean como una neblina de olvido.  

http://larepublica.pe/archive/all/fama/2009/03/14/7/node/180636/todos/1547