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Por Germán Vargas Farías

Esperaban que otra fuera su suerte. Si Al Capone fue a la cárcel por evadir impuestos, y Lucky Luciano por proxenetismo, pese a cometer otros crímenes horrendos y no haber sido presidentes de la República, ¿cómo es que al  “estadista altruista y singular”, al “líder audaz y proactivo”, se le condena a 25 años de prisión por homicidio calificado, lesiones graves y secuestro agravado?

Algo así se preguntan algunos que fluctúan entre la insensibilidad y la barbarie, y que pretenden que matar o permitir el asesinato se justifica si el criminal es una autoridad y puede mostrar algo de eficiencia como tal. Y esos otros, quizás los mismos, que si le damos la razón a Jorge Luis Borges -“las tiranías fomentan la estupidez”- deben haber sido afectados por la dictadura fujimorista. Más aún si le sirvieron. 

Es esa la lógica (perdonen el exceso) que se advierte en dos recientes artículos de Jaime de Althaus. En el primero, “El gran error”, escrito antes de la sentencia, dice: “Haber centrado el juicio histórico a Fujimori en el tema de los derechos humanos ha sido un error, por la sencilla razón de que, en ese tema, el balance es claramente favorable al ex mandatario”. 
 
Añade luego: “Desde ese punto de vista ha constituido un despropósito juzgar a Fujimori por violación de derechos humanos. Y un grave error político porque solo servirá para levantar su imagen y devolver al poder la opción política que él representa. Atacarlo por lo que mejor hizo, incluso desde el punto de vista de los derechos humanos, es darle la bandera que necesitaba para el triunfo electoral”.

Finaliza su escrito sentenciando: “El mencionado juicio, por lo tanto, ha sido la peor manera de servir la causa de los derechos humanos”.

Quienes quieran reducir el razonamiento de de Althaus a una presunta simpatía fujimorista, su siguiente aserto puede dificultarles la intención: “El juicio histórico a Fujimori debió estar centrado en el aparato de control político que montó para sojuzgar a las instituciones, someter a la prensa, extorsionar a los empresarios, perseguir y silenciar a los opositores y buscar la perpetuación del poder. En el desprecio al Estado de derecho —que ahora ha aprendido a apreciar desde que lo necesita para que haya debido proceso— y a las formas democráticas. Y, por supuesto, en la enorme corrupción que ese aparato de poder permitió acumular”.

Es decir, el planteamiento entre estúpido e inmoral que hace de Althaus es algo así como: ¿si Al Capone fue a la cárcel por evadir impuestos, y Lucky Luciano por proxenetismo, cómo es que se juzga a Fujimori por violación de derechos humanos?

Pero a Fujimori se le condenó por crímenes de Estado. La Sala Penal Especial que lo juzgó consideró debidamente probados sus crímenes, y a los vocales San Martín, Prado y Príncipe Trujillo no les importó -como debe ser- que cumplir con su deber de hacer justicia tenga el efecto de “levantar la imagen de una persona”. Peor aún tratándose de un asesino.

¿Y qué dijo de Althaus luego de la sentencia? Pues lo que correspondía que dijera quien se cree eso de que Fujimori ha aprendido a apreciar el Estado de Derecho ahora que lo necesita, o quien sugiere que la vida de las  personas es menos importante que el robo, el soborno o el chantaje.  “Es injusto”, ha dicho, no sólo con respecto a la pena recibida, sino “el solo hecho de que a Fujimori se le haya procesado por derechos humanos”.
 
La discrepancia con de Althaus es, en realidad, la divergencia que debemos tener con quienes confunden justicia con provecho propio, aquellos que creen que los derechos humanos son exceso o cojudez, y  que llegan a decir -sin rubor- que los tribunales militares fueron un avance humanitario.

Y vuelve la inquietud vargasllosiana en trabajoso intento de comprender a seres inescrutables: ¿qué puede inducir a un hombre que no es tonto a decir tonterías? Aunque aprecio la prudencia de quien dijo que no hay que atribuir a la malicia lo que puede explicar la estupidez, creo que Vargas Llosa se acerca a la respuesta cuando se refiere a la intolerancia y la incultura. Pero más precisa es la mención que hizo Salomón Lerner Febres, que se revela en artículos como los comentados, a ese doble escándalo: el del asesinato, la desaparición y la tortura masivos, y el de la indolencia, la ineptitud y la indiferencia.

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