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Reflexiones en torno a las repeticiones y alternativas frente al uso de la violencia en los conflictos sociales

Grupo de Trabajo de Salud Mental
Coordinadora Nacional de Derechos Humanos

Las  muertes  de  peruanos  –de  indígenas  y  policías-  nos  duelen  e  interpelan.  El  5  de junio fuimos testigos de otro  hecho de  violencia que  nos  devuelve que ese  capítulo de nuestra  historia  no  se  ha  cerrado,  donde la  muerte  y  el  horror  se  repiten.  Pensamos que esto se debe a la falta de reconocimiento y escucha, de un entendimiento mutuo y un olvido que nos remite  a  una  incapacidad para  elaborar y procesar nuestra  historia. Esto nos afecta a todos y todas como sociedad causando dolor, estupor e indignación.

¿Qué nos  ha  ocurrido a  las peruanas y  peruanos, gobernantes, líderes  y sociedad en su conjunto  para mantener la  historia de desencuentros y encuentros violentos? ¿Qué responsabilidad  tenemos  todos  y  todas  en  estos  conflictos,  como  el  que  sucedió  en Bagua?

Es  necesario  entender  qué  ocurrió,  más  aún,  cuando  hoy  es  contundente  que  esas muertes  pudieron  haberse  evitado,  si  antes  de  actuar  se  hubiese  priorizado  el comprender  la  situación  en  su  conjunto  y  con  toda  su  complejidad. No  es la  primera vez que estamos ante una situación similar lo que nos permite constatar que no hemos aprendido de nuestra historia.

Estos  sucesos  tienen  una  dimensión  política  y  social,  pero  también  una  dimensión subjetiva, expresada  en la  necesidad de una lectura de los  hechos que  de  cabida  a  la complejidad  de  los  comportamientos,  sentimientos  y  reacciones.  Con  la  intención  de aportar  a  la  comprensión  de  lo  sucedido,  queremos  mencionar  algunos  puntos  de reflexión:

Violencia y polarización

La  violencia  tiende  a  anular  nuestra  capacidad  de  pensar;  ante  ésta  entramos  en estados  de  confusión,  dolor,  rabia,  impotencia  e  indignación  que  se  mezclan  con profundos  sentimientos de  vulnerabilidad. Estas consecuencias no permiten encontrar vías alternas para  recuperar la estabilidad, el orden, la sensatez y la serenidad.

Plantear  respuestas  y  reaccionar  ante  hechos  como  los  sucedidos  en  Bagua  sin  un análisis crítico nos lleva a organizar la realidad en esquemas rígidos, dividiéndola entre buenos  y malos  e  identificando culpables  y  víctimas  (en este  caso  el  Estado  con  sus fuerzas  armadas  y  pueblo  indígena  amazónico,  representarían  los  dos  polos  de  este esquema).

Es  así  como  buscamos  ubicarnos  en  el  bando  “bueno”,  distanciándonos  del  bando “perpetrador”,  reforzando  así  una  imagen  incompleta  y  simplista  que  distorsiona  la realidad, negando cualquier  elemento que  cuestione  esta construcción.  Los  discursos así  aparecen  llenos  de  adjetivos  peyorativos  –por  ejemplo:  indígenas  que  son nombrados como salvajes y ciudadanos de segunda clase, gobierno  genocida-, dando explicaciones que no recogen la complejidad del problema.

La  polarización  que  se  construye  es  utilizada  políticamente  para  eludir  los  diferentes grados  de  responsabilidad  que  tiene  cada  actor  sobre  los  hechos  –el  gobierno,  las organizaciones  sociales,  las  ONG,  los  medios  de  comunicación,  las  empresas,  los partidos  políticos,  la  iglesia,  la  opinión  pública-  y  no  deja  lugar  para  el  pensamiento crítico ni  el reconocimiento  de  los  propios errores desde el  rol  que a  cada  uno le toca cumplir.

Todo  esto  refuerza  la  desconfianza  en  la  institucionalidad,  los  líderes  y  los  grupos sociales  distintos al propio. Además afecta  las posibilidades de  encontrar mecanismos pacíficos  para  solucionar  los  conflictos  y  disminuye  las  opciones  para  encontrar agendas comunes  que  nos  orienten a  un  desarrollo  humano  que refuerce  identidades y promueva calidad de vida para toda la población, sin exclusiones.

Los  hechos  dan  cuenta  de  que  nuestra  sociedad  ha  elegido  la  violencia  como  el lenguaje común, tanto para imponer  el orden, como  para buscar el reconocimiento y la interlocución. En ese sentido, la violencia es usada como  la herramienta cuando no se puede  dialogar  o no  se  quiere  negociar. Por un lado  está  la  violencia  del Estado que no respeta  a la  ciudadanía  y  que  usa la represión como  mecanismo  de  control  y  por otro,  la  respuesta  violenta  de  la  población,  ante  la  permanente  falta  de  escucha  y respuesta efectiva a sus demandas.

Aceptar  al  otro/a  como  interlocutor/a  como  consecuencia  de  la  coerción  y  no  de  la genuina  voluntad  de  dialogar  -que  implicaría  el  reconocimiento  de  la  validez  de  sus planteamientos- es  un  efecto perverso de la  violencia.  Los  acuerdos  tomados en este contexto  no  generan  cambios  de  fondo  y  no  cuentan  con  un  verdadero  respaldo  a largo  plazo,  ya  que  no  están  basados en la  aceptación  de  los otros  como  sujetos con necesidades diferentes, pero igualmente legítimas.

Un  diálogo  en  estas  condiciones  tiende  a  buscar  resultados  inmediatos,  dejando evidenciar su  fin utilitario y  evadiendo  las problemáticas estructurales:  una realidad de exclusión  y  discriminación  permanente,  la  ausencia  de  mecanismos  suficientes  de protección  para  la  defensa  de  los  derechos  de  las  y  los  indígenas  que  se  ven amenazados,  la  demanda  por  reconocimiento  como  ciudadanos  con  derechos  como peruanos  y  como  pueblo  indígena.  Aquí  el  juego  político  cargado  de  estigmas  y prejuicios  muy  fácilmente  pasa  de  un  discurso  que  condena  y  juzga  a  uno  que convoca y llama “hermano/a” a quien antes tildó de “asesino/a”.

Exclusiones, autoritarismos y  represiones

Esclarecer  lo  ocurrido  supone  trascender  la  desconfianza  y  la  polarización.  Requiere tomar  contacto  con  el  dolor  de  las  muertes  y  los  daños  ocurridos,  que  af ectan principalmente  a  personas  de  los  sectores  históricamente  más  vulnerados  en  sus derechos,  tal  como  lo  recoge  el  informe  final  de  la  Comisión  de  la  Verdad  y  la Reconciliación.  Lo anterior  nos  impele  a  reflexionar  sobre  el sentido  y  las  formas  que toma  la  violencia  en  nuestro  país.  Considerando  que  la  reflexión  sobre  el  conflicto armado  interno  continúa  siendo  ignorada  o rechazada, y  se  mantiene  la  resistencia  a encarar esta situación y sus secuelas.

Lo ocurrido en la  amazonia  nos  pone nuevamente de cara  ante poblaciones excluidas por el Estado,  quienes identifican que sus  derechos  no  son respetados  sino más bien violentados.  Nos  habla  de  que  estas  poblaciones  están  desarrollando  diferentes estrategias para  defender  sus derechos,  realizando  importantes  propuestas  desde  su identidad cultural. Lamentablemente, sólo cobran notoriedad a partir de las medidas de protesta radicales que entablan frente al gobierno central y la sociedad civil.

Los  discursos  oficiales  –de  la  esfera  política  y  medios  de  comunicación-  tienden  a minimizar  la capacidad de estas  poblaciones de tener  autonomía en sus  decisiones  y de incidir  en el  poder  político,  más  aún  en  asuntos  centrales  que  les  competen.  Esto se  repite  una  y  otra  vez  en  nuestra  historia  y  pareciera  que  como  sociedad  no consideramos a todos las  y los ciudadanos  como iguales, y  que aún  no estamos en  la capacidad  de  reconocerlos  en  roles  distintos  a  los  tradicionalmente  asignados.  El racismo  y la discriminación solapada  son  parte  del  discurso  y la práctica cotidiana.  No contamos  con  mecanismos  eficientes  de  vigilancia  y  de  defensa  de  los  derechos,  y para una parte de la población pareciera que éstos tienen que ser arrancados al poder político centralizado.

Un tejido social debilitado

¿Qué proyecto de desarrollo compartido puede construirse si no  existe un tejido social cohesionado?  ¿Cómo  aportamos  a  la  reconstrucción  del  tejido  social  si  no  somos capaces de  hacer  propuestas que  partan del reconocimiento  de la  diversidad?  ¿Cómo dialogar en un contexto  en el  que  la desconfianza es  el punto de partida  frente a  todo aquel  que  es  dif erente?  Esto  tiene  como  consecuencia  una  imposibilidad  de acercarnos  al  otro,  reconociendo  las  diferencias  y  encontrando  puntos  en  común,  lo que genera permanentes enfrentamientos y desencuentros.

A  la  base  de  este  desencuentro  están  los  diferentes  discursos  de  país,  de  lo  que somos  y  queremos  ser.  Éstos  reflejan  las  diferentes  representaciones  sobre  la realidad, dependiendo de las  condiciones  geográficas,  culturales, sociales,  de  género, económicas e históricas desde las cuales éstas se construyen. Estas representaciones no  dialogan  entre  sí  o  están  en  permanente  confrontación,  teniendo  a  la  base relaciones de poder desiguales. No nos damos cuenta que en la medida que negamos parte  de  nuestra  diversidad  como  país,  estamos  empobreciendo  nuestra  identidad pluricultural.

Por  su  parte  el  discurso  of icial  sólo  reconoce  las  representaciones  que  están  al servicio  del  sistema  que  propone  y  discrimina  propuestas  alternativas  de  desarrollo que entran en conflicto con su modelo hegemónico.

Algunas alternativas

Requerimos desarrollar mecanismos  para la convivencia  entre  grupos  sociales, lo  que implica  reconocer  y  respetar  las  diferencias,  tender  puentes  y  encontrar  puntos comunes,  recoger  aprendizajes  previos  y  poner  énfasis  en  los  procesos  subjetivos  a nivel individual y colectivo:

  • Fortalecer  el  deseo  e  interés  genuino  de  conocer  al  otro/a  en  su complejidad. Lo  cual  supone  una  previa  auto  reflexión:  sobre  la  identidad,  el origen,  las  expectativas  y  sueños  de  realización;  sobre  las  motivaciones  que nos  llevan  al  encuentro  con  el  otro/a;  sobre  nuestra  historia.  Esto  implica indagar  sobre lo que  nos lleva  al  desencuentro  y  la exclusión  de  aquel  que  es diferente.
  • Cuestionar  los  estereotipos  y  los  prejuicios  sobre  la  diversidad  de nuestras  poblaciones; y  hacer  una  reflexión  crítica  acerca  de  cómo tradicionalmente  nos  hemos  relacionado  en  una  sociedad  diversa  pero desarticulada  y  autoritaria.  Y  cómo  esta  relación  tiñe  nuestra  interacción cotidiana, que está cargada de prejuicios.
  • Desarrollar  una mirada intercultural,  que  parta de  la  empatía,  teniendo una actitud que dé cabida  a otro/a diferente pero valorado en términos  iguales. Esto significa  la  capacidad  de  trascender  los  propios  modelos  de  pensamiento  y acción, para entender  otros modelos  culturales, valorarlos  y aprender de ellos; y construir un modelo que incluya la diferencia y las necesidades de un otro.
  • Contar  con  la  capacidad  de comunicar  de  manera  clara y  transparente  mi identidad,  propuestas  y  posiciones. Esto  implica  considerar  la  cultura  del interlocutor/a,  pero  también  estar  dispuesto  a  recibir  la  retroalimentación  y  la crítica en el diálogo.
  • Generar mecanismos de diálogo voluntario, de construcción de consenso y  de  toma  de  decisiones participativas  en  procesos  de  largo  plazo,  en  los que  se trascienda la  frontera  del temor a abordar temas de fondo  que lleven  a proponer  y realizar cambios estructurales.
  • Considerar  que  este diálogo  requiere  comprender  la  historia  de  violencia y  relaciones  de  poder,  que  han  mantenido  a  ciertos  sectores  siempre excluidos  del  modelo  de  país  que  se  propone. Esto  significa  encontrar canales  adecuados  que  permitan  la  saludable  expresión  de  emociones  de rabia, impotencia, frustración, dirigidas al interlocutor/a que representa al poder que excluye, para construir una nueva manera de relacionarse.
  • Reconocer  el  impacto  emocional  y  social  que  han  tenido  estos  sucesos: Reflexionar  respecto  de  los  efectos  de  este  enfrentamiento  que  ha  dejado terribles  saldos  de  dolor  en  la  subjetividad  de  todos;  tanto  de  aquellos  que  se han  visto  enfrentados  como  de  la  sociedad  en  su  conjunto,  para  favorecer  la construcción  de  un  dialogo  genuino  encaminado  al  reencuentro  y reconciliación.
  • Incorporar  en  las  políticas  de  Estado  destinadas  a  la  prevención  y  la gestión constructiva de los conflictos sociales los aspectos mencionados anteriormente. Asimismo,  garantizar  que  las  instituciones  responsables  de  la canalización de las demandas, así como las instancias intermedias de decisión cuenten  con  las  capacidades  de  escucha,  reconocimiento  y  valoración  de  la diferencia, interés  genuino  por conocer  y reconocer  al otro; requisito  necesario para un proceso de diálogo y concertación.
  • Comprendernos  como  sociedad  a  la  luz  de  las  causas  y  efectos  del conflicto  armado para  no  continuar  con  la  historia  de  violencia  e  imaginar nuevas  f ormas  de  relación  no  sólo  entre  todos  y  todas  en  igualdad,  si  no también  entre  la  ciudadanía  y  el  Estado.  Ello  requiere  de  un  Estado  que garantice  los  derechos  humanos  y  sus  principios  de  igualdad  y  no discriminación y de una sociedad protagonista en el ejercicio de sus derechos.

Grupo de Trabajo de Salud Mental
Coordinadora Nacional de Derechos Humanos
Julio, 2009

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