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Por Ronald Gamarra Herrera

Por segunda vez consecutiva, Alberto Fujimori se declaró culpable de corrupción, espionaje, robo de dinero público y otros delitos característicos de su gobierno. No tenía otra salida. Alegar inocencia le hubiera significado hacer el ridículo de manera monumental. Las pruebas eran tan numerosas y abrumadoras, tan elocuentes y escandalosas, que su examen minucioso, durante largas sesiones, ante los jueces de la Sala Penal Especial y la opinión pública, lo hubiera pulverizado.

Declararse culpable y acogerse a la sentencia anticipada, le permite además evitar toda posibilidad de colisionar con su íntimo socio de gobierno Vladimiro Montesinos, y es evidencia de que la yunta que ambos forman conserva hoy la misma complicidad de siempre. Fujimori no ha deslindado nunca con Montesinos, como no lo han hecho nunca los jefes del fujimorismo, que siempre se las ingenian para saltarse a la garrocha el detalle que Montesinos y sus métodos son la quintaesencia del fujimorismo.

Fujimori se ha declarado, él mismo, convicto y confeso en un juicio que, como los anteriores, cumple con exceso los estándares más altos del debido proceso. Nadie ha sido juzgado jamás en nuestro país con tantas garantías como lo ha sido Fujimori. Ningún procesado ha gozado nunca de mayor libertad para arreglar y plantear su defensa. Nunca ha habido procesos más transparentes que estos cuatro procesos llevados a cabo ante los ojos de toda la población gracias a la transmisión en directo por televisión. Se trata de procesos ejemplares para nuestro país y el mundo.

Esta cuarta sentencia de Fujimori, la segunda en la cual se declara culpable, es un duro golpe para el sector del fujimorismo fascistoide y chavetero, que pugna por recuperar terreno calumniando sistemáticamente a la CVR y al movimiento de derechos humanos, calumnias que se concertaron e intensificaron justamente esta semana, y hasta en el día de la sentencia a Fujimori, con sendas portadas dedicadas a calumniar a defensores de derechos humanos como Gisela Ortiz y Wilfredo Ardito, que se suman a las viles amenazas de muerte contra Salomón Lerner Febres. Pero los fachos no pasarán. Son demasiado groseros y torpes para un país que aspira a mejorar como el Perú.

Publicado en La República 2/10/2009

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