La lucha contra la discriminación

Publicado el 09 diciembre 2009 por en Eventos, General

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Por Navi Pillay, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Artículo de opinión en ocasión del Día Internacional de los Derechos Humanos (10 de diciembre e 2009)

Antiguas y nuevas formas de discriminación e intolerancia continúan dividiendo comunidades alrededor del mundo. Los sentimientos de xenofobia van en aumento. A menudo son manipulados con propósitos demagógicos o incluso por agendas políticas siniestras. Día con día, sus corrosivos efectos socavan los derechos de innumerables víctimas.  Es por eso que hoy, Día de los Derechos Humanos, las Naciones Unidas instan a todas las personas, en todas partes del mundo, a vivir la diversidad y terminar con la discriminación.

La discriminación puede tomar muchas formas, encubiertas o manifiestas, públicas o privadas. Puede aparecer como racismo institucionalizado, como conflicto étnico, o manifestarse en episodios de intolerancia y rechazo que escapan del escrutinio. Sus víctimas son los individuos o grupos más vulnerables a los ataques – todos aquellos que, debido a su raza, color, género, idioma, religión, opinión política o de otra índole, nacionalidad u origen social, propiedad, ascendencia, estatus, discapacidades y orientación sexual, son percibidos como diferentes.

La discriminación a menudo tiene múltiples dimensiones. Los grupos que son marginados debido a su origen o situación, encuentran más exclusión y una restricción a sus derechos cuando intentan tener el acceso que el derecho internacional les otorga a la vivienda, la alimentación, la salud y la educación.

Las personas con discapacidad conforman la minoría más grande y más desfavorecida del mundo. Por ejemplo, el 98% de las niñas y los niños con discapacidad en países en desarrollo no asiste a la escuela. Los pueblos indígenas representan el 5% de la población mundial, pero el 15% de sus habitantes más pobres. Las mujeres aportan dos terceras partes de las horas de trabajo en el mundo y producen la mitad de los alimentos, pero debido a la discriminación y los estereotipos de género, sólo ganan el 10% del ingreso mundial y son dueñas de menos del 1% de las propiedades en el mundo.

La historia ha demostrado una y otra vez que cuando se les permite arraigarse, la discriminación, la desigualdad y la intolerancia pueden quebrantar las bases mismas de las sociedades y dañarlas por generaciones. Sin control, puede desbordarse a través de las fronteras y envenenar las relaciones entre naciones.

La historia también ha probado que estas aborrecibles prácticas no tienen en absoluto aspectos beneficiosos. La discriminación socava la cohesión social y económica de las sociedades. Mina sus recursos. Desaprovecha sus talentos. Margina a individuos y grupos productivos, y desalienta su creatividad e iniciativa.

Debemos luchar contra la intolerancia y los intereses que engendran discriminación, y así lo hemos hecho. La visión de quienes promueven y defienden los derechos humanos, su clara determinación y energía, han dado frutos al elevar el nivel de conciencia entre el público y al producir diversos tratados de derechos humanos que dan lugar a disposiciones sobre igualdad y contra la discriminación. Estos tratados crean una red protectora de obligaciones que los Estados deben cumplir. Restauran la dignidad previamente negada a millones de mujeres, hombres, niñas y niños.

Para ampliar este cuerpo normativo, en 2001 la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, en Durban, y su Conferencia de Examen realizada en Ginebra el pasado abril, fueron convocadas para abordar algunos de los aspectos más amenazantes de la discriminación. La Conferencia de Examen de Durban concluyó con un amplio acuerdo en el que 182 Estados se comprometieron a prevenir, prohibir y atacar todas las manifestaciones de racismo e intolerancia. El acuerdo revigorizó la determinación y el propósito expresados en Durban para borrar la enraizada vergüenza del racismo y proporcionó una plataforma para un nuevo comienzo en el combate a la discriminación a gran escala.

Es innegable que el progreso ha sido notable, pero no debemos detenernos. La discriminación no desaparece por sí sola. Debe ser desafiada a cada instante. Debemos avanzar y movernos rápidamente.

No debemos perder de vista que el disfrute de los derechos humanos nos enriquece a todos.  Por el contrario, cuando se coarta o se niega la dignidad humana a causa de violaciones a los derechos humanos, tales abusos nos afectan a todos. Esto es particularmente cierto en nuestras sociedades, cada vez más multiétnicas y multiculturales. Es especialmente urgente combatir la discriminación en tiempos de crisis, tales como la actual crisis económica que ha impactado desproporcionadamente en los medios de vida de los grupos más vulnerables y ya marginados de la sociedad, dado que la competencia por los recursos cada vez más escasos expone a las minorías a la desconfianza y los ataques.

En este mismo día, en 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos estableció inequívocamente que todos los seres humanos nacen iguales en dignidad y derechos. Más de 60 años después, estas palabras resuenan con inalterable intensidad. Hagamos de los principios de igualdad, libertad y dignidad plasmados en la Declaración Universal de Derechos Humanos una realidad en todas partes. La tolerancia universal y el respeto por la diversidad son nuestra meta.