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Amigos y amigas:

Al mirar lo ocurrido en el año, debo empezar por una constatación que no quisiera hacer. Y es que, a pesar de todo lo vivido y sufrido en tantos años de violencia, aún nuestra sociedad y nuestro estado no han aprendido a respetar la vida escrupulosamente. Seguimos sin cumplir la promesa del artículo 1 de la Constitución, que establece: “la persona humana es el fin supremo de la sociedad y el estado”. No obstante, en la dura realidad, seguimos dirimiendo nuestras diferencias y nuestros conflictos políticos y sociales produciendo muertos. Esto es algo que deberíamos haber superado después de los terribles años del senderismo y el fujimontesinismo. Pero no ha sido así. Yo quiero empezar entonces, yo debo empezar esta intervención, haciendo una invocación urgente a respetar la vida de todos. Y en consonancia con ello, a dirimir toda diferencia y todo conflicto por la vía del diálogo, pero un diálogo sincero, veraz y sin trastienda.

Por eso en esta ceremonia no podemos dejar de reconocer a quienes luchan por los derechos humanos desde las organizaciones sociales de base, arriesgando incluso sus vidas. Precisamente, hace pocos días, los comuneros Vicente Robledo Ramírez y Castulo Correa Huayama murieron como resultado de una intervención policial desproporcionada en Huancabamba (Piura), en la cual ambos recibieron disparos por la espalda. Así como ellos, otros 30 ciudadanos han muerto en circunstancias similares de protesta social en lo que lleva  el actual gobierno. Por esa razón, después de la celebración de esta noche, mañana realizaremos una vigilia, a las siete de la tarde, en el frontis del Palacio de Justicia, bajo el lema “Ni una muerte más, sanción a los responsables”, a la cual estamos todos convocados.

Y este año también hemos sido testigos de nuevas e injustificables víctimas y muertes en la Policía y las Fuerzas Armadas, que nos duelen tan igualmente como las otras. Particularmente los 24 policías que perdieron la vida en Bagua y los soldados casi adolescentes que mueren o quedan mutilados por acción del terrorismo aliado al narcotráfico en la zona del VRAE. No debe quedar la menor duda del rechazo decidido del movimiento de derechos humanos a toda forma de agresión a los miembros de la policía y las fuerzas armadas y quiero afirmar con todo vigor que quien promueve agredir a la policía o a los jóvenes soldados, no forma parte ni representa al movimiento de derechos humanos y, por el contrario, se sitúa en sus antípodas.

Por todo ello, en memoria y solidaridad con todos estos hermanos nuestros, líderes de organizaciones de base, campesinos, policías y soldados, y toda persona que sufre violencia en el Perú, quiero pedirles ponerse de pie para rendirles homenaje con un minuto de silencio.

(…)

Gracias.

Debemos recordar también a los defensores de derechos humanos que sufren persecución, hostilidad y hasta agresiones contra su integridad física, su honor y su propia vida. Quiero mencionar en primer lugar, al doctor Salomón Lerner, que presidió ejemplarmente la CVR, quien ha sido blanco de una campaña de odio desatada por el fascismo rampante que pugna por imponerse, a la cual ha respondido con serenidad de verdadero filósofo.

Y quiero invocar, acto seguido, el recuerdo de Ángel Escobar Jurado, ejemplar defensor de derechos humanos y heroico mártir de nuestro movimiento, quien fuera víctima de desaparición forzada, en 1990, a manos de efectivos del Ejército en la ciudad de Huancavelica. En febrero del próximo año se cumplirán 20 años desde su desparición, y esta es ocasión para renovar nuestra exigencia indeclinable de justicia. Precisamente tenemos con nosotros en este auditorio a sus hijos Belsa y Michel, testimonio vivo de esta lucha incesante por la justicia y la memoria de nuestro compañero Ángel Escobar, para quienes pido la adhesión de ustedes con un cálido aplauso.

Este año culminó, positivamente para la democracia peruana, un capítulo de nuestra historia que no debe volver. Me refiero sin ambages al régimen de Fujimori y Montesinos, gobierno oprobioso para el Perú, donde campearon el crimen y la corrupción. El movimiento de derechos humanos y la administración de justicia han cumplido con lo que era su obligación, y la sentencia severa y justa pronunciada contra Fujimori por los asesinatos masivos de La Cantuta y Barrios Altos, entre muchos otros crímenes, debería constituir el definitivo punto final a toda alternativa dictatorial o fascistoide que pretenda imponerse pisoteando la constitución y la ley.

Queremos creer que esto ya es un tema del pasado, de ese pasado difícil y frustrante que queremos superar, de esos 30 años en que hemos trabajado y luchado, a veces solos y poco comprendidos, pero siempre con la mayor convicción en nuestros corazones de que los derechos humanos constituyen el corazón de la civilización y la barrera contra la barbarie. No podemos dudar de lo que hemos hecho en estos largos años y, aun siendo necesariamente autocríticos, debemos afirmar optimistamente la validez fundamental y el aporte que nuestro esfuerzo le ha ofrecido al país.

Pero ahora se impone mirar hacia delante, hacia los desafíos que debemos enfrentar para conquistar un futuro de prosperidad y derechos para nuestro pueblo. Nosotros sabemos muy bien que el desarrollo sin la democracia no funciona, carece de futuro y termina prolongando el círculo vicioso de la pobreza y la anomia. Sabemos bien que el desarrollo real y la prosperidad van de la mano con el incremento en el respeto al derecho, y por ello no puede disociarse de la democracia y el respeto estricto a los derechos humanos. Este es un camino que exige esfuerzo pero conduce a resultados seguros, creando prosperidad y garantizando derechos para todos, empezando por los sectores marginalizados y excluidos.

Sin embargo, los demagogos y fascistas pretenden que hay un camino más fácil, que promete la prosperidad por vía de un régimen represivo, de mano dura, que supuestamente sirva para allanar obstáculos y regimente bajo una bota de hierro a los inconformes con la exclusión estructural de amplios sectores. Este es el principal peligro que enfrentará en los próximos años nuestra democracia, junto con la amenaza de los remanentes de los grupos violentos. Demostrar la falsedad de la alternativa autoritaria será una tarea nada fácil, pero que debemos emprender y en la cual, estoy seguro, venceremos.

A todos quiero decirles que el futuro es de prosperidad y derechos para nuestro pueblo, empezando por los sectores históricamente excluidos: los pobres, los niños, las mujeres, las minorías sexuales, los discriminados por motivos raciales, los que sufren alguna discapacidad. Ellos se han echado a andar y ahora están a la vanguardia. Nuestro deber es estar con ellos en primer lugar, y junto con ellos lograr el bienestar para todos. Recordar siempre que el gran pecado de nuestra sociedad, el talón de Aquiles de nuestro desarrollo, la culpa histórica que atormenta nuestra conciencia social, es la exclusión. Nuestro deber es no tolerarla más y superarla con el esfuerzo de todos.

En ese esfuerzo colectivo, sin la menor duda, nos encontraremos en un abrazo fraternal, como quería Vallejo, desayunados todos.

Gracias.

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