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Por Mons. Alberto Campos H., OFM.
Obispo-Vicario Apostólico de San José del Amazonas

Estimados hermanos y hermanas: Paz y Bien.

A pedido de algunos misioneros y amigos que trabajan en instituciones de la Iglesia que apoyan nuestra labor en la Amazonía quiero expresar mi palabra a título personal para compartir una reflexión sobre nuestra misión socio-pastoral, teniendo en cuenta el reciente hecho de la cancelación de residencia del Hno. Paul Mc Auley.

Los Vicariatos Apostólicos en la Amazonía peruana fueron creados a comienzos del Siglo XX y confiados a los religiosos dominicos en Madre de Dios (Puerto Maldonado), franciscanos (San Ramón, Requena y San José del Amazonas), agustinos en Iquitos, jesuitas en Jaén, pasionistas en Yurimaguas y a la Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec – Canadá en Pucallpa (actualmente  Mons. Gaetano Galbusera, salesiano es el Obispo-Vicario) con el objetivo de acompañar y favorecer una evangelización integral en la Amazonía muy abandonada por el Estado peruano y por la misma Iglesia. La mayoría de los misioneros somos extranjeros provenientes de diversos países de Europa y América.

Una preocupación muy grande de aquella época fue el genocidio que muchas comunidades indígenas sufrieron a causa de la extracción del caucho y que afectó a toda la Selva; pues los indígenas y mestizos eran utilizados como mano de obra barata, desintegrándolos de sus comunidades, había esclavitud, tráfico de seres humanos, genocidio, corrupción económica y social. La época del caucho fue una de las etapas más tristes y desalentadoras porque se atentó contra todos los derechos de los habitantes de la Selva. Esto llegó a oídos del Papa Pío X quien, en el año de 1912, hizo un llamado a la Iglesia y a la Sociedad instándolos a que se preocupasen por la suerte de los indígenas de la Amazonía: “Cuando analizamos los crímenes y maldades que suelen cometerse contra ellos (los indios), ciertamente quedamos horrorizados y profundamente conmovidos. Pues ¿qué puede haber más cruel y más bárbaro que matar a  hombres a azotes, o con láminas de hierro ardientes, por causas levísimas a veces o por el mero placer de ejercitar su crueldad, o impulsados por súbita violencia conducir a la matanza a cientos y miles, o devastar pueblos y aldeas para realizar matanzas de indígenas; de lo cual hemos recibido noticia que en estos pocos años han sido destruidas casi totalmente algunas tribus?…Nosotros al recibir algunas veces rumores de estas cosas, pusimos en duda la certeza de hechos tan atroces, ya que parecían increíbles. Pero habiendo llegado a la certeza por medio de testigos muy seguros, esto es, por medio de muchos de vosotros, Venerables hermanos, por los Delegados de la Sede Apostólica, por los misioneros y por otras personas de entera fe, ya no nos es lícito tener ninguna duda de la veracidad de estos hechos. Por lo tanto, es el momento de que movidos por esta preocupación intentemos poner término a tanto mal… Condenamos y declaramos reos de inhumanos crímenes a (quienes) pongan en esclavitud, los vendan, los compren, los cambien o regalen, los separen de sus mujeres o de sus hijos, se apoderen de sus casas o de sus bienes, o de cualquier manera los priven de su libertad, reteniéndoles en esclavitud… y os exhortamos encarecidamente que todas aquellas cosas  que en vuestras diócesis están instituidas para el bien de los indios, las promováis con toda vuestra preocupación, al mismo tiempo cuidéis de instituir aquellas otras que parezcan necesarias a la misma causa” (Encíclica Lacrimabili Statu).

Desde ese tiempo y hasta ahora los obispos y misioneros de los Vicariatos Apostólicos hemos querido acompañar con respeto y cariño a las comunidades indígenas, ribereñas y urbanas promoviendo una evangelización integral que tome en cuenta las grandes necesidades sociales de las poblaciones amazónicas. Hemos tratado de penetrar a los lugares más apartados, defendiendo la justicia y los derechos humanos de los más humillados. Se han creado escuelas y centros de promoción social, algunas poblaciones se han formado en torno a los centros misioneros, se ha promovido el desarrollo económico y material a través de nuestros servicios de Pastoral Social y Cáritas. Nos hemos preocupado por capacitar profesores, agentes de salud y profesionales indígenas y mestizos. Hemos creado seminarios y centros de formación para laicos, animadores de comunidades cristianas, catequistas, jóvenes, familias, enfermos, ancianos, sacerdotes, religiosos y religiosas para que sean los nuevos misioneros y agentes pastorales que continúen el trabajo pastoral de los misioneros que venimos de fuera.

El Estado peruano ha apoyado nuestra labor socio-pastoral y en muchas ocasiones ha reconocido públicamente este servicio a las comunidades más alejadas y abandonadas en las zonas de frontera del Perú, donde muchas veces el mismo Estado está ausente. Hemos querido contribuir siempre a la paz, a tender puentes entre el resto del Perú y la Amazonía, entre el Estado y las comunidades peruanas amazónicas más abandonadas y hemos promovido la solidaridad de la Iglesia Católica presente en diversos países hacia estas zonas necesitadas del Perú.

En estos últimos acontecimientos hemos querido ser fieles a esta tradición de estar cercanos a las comunidades amazónicas abogando por sus justos derechos y cuidando la “casa común”, que es nuestra Amazonía, que nos sustenta y nos acoge y reiteramos el pedido de los obispos reunidos en Aparecida que expresaron: “Crear conciencia sobre la importancia de la Amazonía para toda la humanidad. Establecer, entre las iglesias locales de diversos países sudamericanos, una pastoral de conjunto para crear un modelo de desarrollo que privilegie a los pobres y sirva al bien común. Apoyar a la Iglesia que vive en la Amazonía para que siga proclamando el Evangelio de la vida y desarrolle su trabajo pastoral…” (DA. 475).

Me preocupa que se consideren delitos que alteran el orden público el trabajo que algunos misioneros realizan a pedido de comunidades e instituciones para informarles sobre sus derechos nacionales e internacionales en cuanto a sus territorios y a la preservación de sus recursos naturales como patrimonio para sus descendientes, acompañarlos en sus protestas y marchas y, por otro lado, no se consideran delitos la contaminación de los ríos, la deforestación de los bosques, la ilegalidad y corrupción para ofrecer algunas concesiones para el enriquecimiento injusto de algunas personas o empresas en perjuicio de los habitantes de la Amazonía, la negligencia de algunos profesionales que reciben un sueldo para trabajar en la Selva y no se presentan a sus puestos de trabajo en detrimento de la educación y salud de los que deberían ser beneficiados. ¿Qué es lo que más altera el orden público? ¿El cumplimiento de la legislación nacional e internacional que  garantiza una vida digna para los habitantes de un país y donde
sus autoridades deberían ser sus principales promotores o el incumplimiento de las normas y leyes que protegen el patrimonio de la Nación para un desarrollo sostenible para varios años más?

El Estado es el que nos permite ingresar concediéndonos la residencia como misioneros y es el mismo Estado el que nos puede retirar la residencia si considera que nuestro trabajo ya no es necesario o si lo considera perjudicial para los intereses nacionales. Dice nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio: “Si entran en una ciudad y no quieren recibirlos, vayan a sus plazas y digan: Nos sacudimos y les dejamos hasta el polvo de su ciudad que se ha pegado a nuestro pies. Con todo sepan que el Reino de Dios ha venido a ustedes” (Lc. 10.10-11).

Agradezco todas las muestras de respaldo a quienes conocen nuestro trabajo y lo apoyan y pido disculpas por nuestras dificultades y yerros que hemos cometido, porque nadie es perfecto. A veces queremos hacer el bien y podemos incomodar a otros. No es fácil nuestra labor pues está llena de carencias, incomodidades y dificultades, incluso de incomunicación entre nosotros debido a la lejanía y exclusión de servicios básicos que se tienen en las ciudades y otras zonas mejor comunicadas. Expreso estos pensamiento y sentimientos con la intención de que un pastor de la Amazonía pueda decir algo ante estos tristes acontecimientos que nos preocupan.

Fraternalmente en Cristo crucificado y resucitado:

Mons. Alberto Campos H., OFM.
Obispo-Vicario Apostólico de San José del Amazonas

Indiana (Loreto), 05 de Julio de 2010