Un km de chalina

Publicado el 24 enero 2011 por en Opinión

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Por Rocio Silva Santisteban

Aprendí a tejer de las manos de mi madre cuando tenía siete años. Lo primero que me enseñó fue a poner los puntos en el palito, de una manera rarísima, que luego en el colegio imitaban mis amigas porque el método de mi mamá era más rápido que el de la profesora. Lo primero que se aprende es lo más fácil: reveses y derechos en una chalina. Ese fue mi primer tejido: una chalina azul. Era horrible, estaba mal tejida, llena de errores y horrores, enganchados, puntos falsos, pero la terminé y le puse sus flecos al final y daba la vuelta al cuello. Y aprendí. Más adelante en mi vida me la he pasado tejiendo: chompas para mis enamorados, chales para mi abuela y, mucho más adelante, ropones para mi hija, de colores fuertes, nada de rosadito. Es que tejer es la manera práctica de poner en movimiento las manos mientras estás pensando en otra cosa, viendo televisión o conversando. Tejer es evitar el refocilamiento de la nada. Tejer es una manera de combatir el estrés y de relajarse. Y por supuesto es una actividad colectiva: generalmente tejemos acompañadas. Creo que tejer es un acto de amor.

Sabía que tejer era una actividad de templanza y orden, pero he aprendido, la semana pasada, que también tejemos para recordar y hacer memoria y para pedir verdad y justicia. Eso es precisamente el proyecto La Chalina de la Esperanza, que ha regresado por todo lo alto a la Galería Pancho Fierro de la Municipalidad de Lima, como bien dice Paola Ugaz, una de las organizadoras, “en el centro del Perú: la Plaza Mayor”, y –además– de las manos de las señoras de ANFASEP, como Adelina García, y con el apoyo de Susana Villarán, Salomón Lerner, Gustavo Gutiérrez, Pilar Coll, Mario Vargas Llosa y Magaly Solier, quien tejió un pedazo de chalina para recordar a su abuela Herminia Ramos Soto, víctima del conflicto en Ayacucho. Y por supuesto bajo la batuta telar de Morgana Vargas Llosa, Paola Ugaz y Marina García-Burgos (Colectivo Desvela), quienes han apostado por esta propuesta simbólica que admiro profundamente.

Como ha sostenido Morgana, el proyecto nació hace dos años con la idea de utilizar esta forma creativa para que las propias víctimas del conflicto armado o familiares de desaparecidos participen. Y al principio se trató de algo bastante modesto pero, con el apoyo de cientos de manos tejedoras de todos los rincones del Perú, la chalina ha cobrado hoy decenas de metros de tejido regular: se trata de paneles tamaño oficio, muchos de ellos con los nombres o recuerdos de los desaparecidos, y realizados por las manos de madres y viudas, en honor a las memorias de los que se han ido: “he hecho chalina pensando en mi hija, los recuerdos hacia ella cuando era bebé, hasta los 21 años, tan linda cariñosa buena”. Este papel acompaña uno de los tejidos que han llegado desde Huamanga, Cusco, Huancavelica, Ucayali e incluso desde Colombia, Japón, Turquía u otros países. Fernando de Szyszlo piensa que la exposición debería ir al Lugar de la Memoria porque, como le señaló a La Mula, “está tan vinculada al dolor de la gente que ha perdido parientes en esta tragedia (…). Cuando termine de dar la vuelta al Perú y a algunas ciudades del extranjero, debería terminar allá”. Paola Ugaz también señaló que “como periodista te enseñan a ser muy escéptica, pero esta chalina me ha enseñado a creer. Si nuestro conflicto se dio entre hermanos, entonces como país debemos empezar a hacer más actos simbólicos, precisamente, para sentirnos como un solo país”.

* Publicado en suplemento Domingo de La República 23/01/2011


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