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Este 16 de julio se cumplen dos décadas de este atentado terrorista en Miraflores, que acabó con la vida de 25 personas. Afectados, deudos y rescatistas rememoran la espeluznante noche en que el infierno senderista golpeó a este distrito limeño.

Vanessa Quiroga, quien fuera la "Niña Símbolo" de Tarata. Ella necesita otra pierna ortopédica que le permita seguir con una vida normal. Foto: La República

Publicado en La República

El 16 de julio de 1992, jueves como hoy, el cabecilla terrorista «Daniel», identificado después como Carlos Mora La Madrid, a cargo del destacamento asesino Nº 12  de Sendero, planeó junto a “Nicolás” el ataque al Banco de Crédito, ubicado entre las avenidas Larco y Shell, en Miraflores.

Previamente la cúpula de Sendero Luminoso intentó  distraer a la Policía con otros atentados pequeños en comisarías de Villa María del Triunfo y una agencia bancaria en La Victoria. Pero lo peor aún estaba por venir.

Desde temprano, además de “Daniel” y “Nicolás”, “Lucía”, “Antenor” y “Franco” estaban encargados de preparar los paquetes de nitrato de amonio con petróleo.

A las siete de la noche, según el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), dos vehículos, uno con los explosivos y otro para la fuga de los delincuentes, ya se encontraban en Larco. En ese momento Gladys Carbajal, vendedora ambulante de accesorios en Tarata, observaba cómo su pequeña hija Vanessa de tan solo cuatro años se negaba a dejarla sola. Tal vez algo presentía. Le pidió a su madre cerrar el pequeño quiosco para irse a casa, pero ella quería seguir vendiendo.

«Usualmente nos quedábamos hasta las diez de la noche. Ese día me encapriché y quise quedarme con ella (…), lloraba y le decía que nos fuéramos», recuerda Vanessa, 20 años después de esa noche. Solo partió su hermano de 13 años y ambas se quedaron juntas.

INFIERNO EN TARATA

Tarata, al dia siguiente del atentato senderista. Imagen: "Yuyanapaq"

A las nueve de la noche, en las inmediaciones del Banco de Crédito, un vigilante advirtió la presencia de un auto Datsun mal estacionado.

El conductor del vehículo, que contenía los 400 kilos de dinamita, disminuyó la velocidad para luego abandonarlo, dejando que se deslizara por la calle Tarata llegando hasta la cuadra dos, frente a los edificios El Condado, San Pedro, Tarata, Residencial Central y San Carlos. Eran las 9:20 de la noche.

“Lo que recuerdo –nos dice Vanessa– es una primera explosión leve que venía desde Larco. En ese momento todos gritaron: ‘¡Coche bomba!, ¡coche bomba!’, y empezaron a correr. Luego sentí un estruendo mayor y una ligera picazón en la pierna  izquierda. Mi mamá me cogió muy fuerte de la mano (…) todo estaba oscuro, había fuego por todas partes y un fuerte olor a carne quemada”.De pronto miró a su madre,  y la picazón se hizo más fuerte. Una laguna de sangre estaba bajo sus pies pero la pequeña Vanessa, niña símbolo del atentado, no podía entender lo que pasaba. Los gritos de su madre, horrorizada al verla sin una pierna, la hicieron darse cuenta de que algo muy malo le había sucedido.

“Mi tío y mi primo me llevaron al hospital Casimiro Ulloa, mientras que mi mamá se quedó a buscar mi pierna. Cuando la encontró y la llevó, los médicos le dijeron que de nada serviría. Horas después desperté, vi una luz blanca y le pregunté a mi mamá si nos habíamos muerto”, recuerda, mientras permanece sentada al pie del monumento edificado en Tarata en honor a las víctimas.

LOS SUEÑOS DE VANESSA

Hoy tras casi 20 años, la vida de esta joven marcada por la violencia senderista no se ha detenido. Desde el colegio tuvo que sufrir los abusos de algunos compañeros que se burlaban de ella por su pierna ortopédica. Ahora asiste a una universidad particular por las noches y de día trabaja en una importadora. Su sueldo no le alcanza para cubrir sus gastos, ni para comprarse una nueva pierna ortopédica. En el 2004 el alcalde Manuel Masías le entregó un certificado que la declaraba víctima del terrorismo, pero aun así hasta hoy no ha recibido reparación alguna por parte del Estado: “Una vez me dijeron que por haber perdido la pierna debían darme diez mil soles, y yo les contesté: ‘Si les doy esa cantidad, ¿crees que puedan devolvérmela?’”.

EL DOLOR DE UN HERMANO

Él coge un rosario y lo coloca junto a la pequeña foto en blanco y negro de su hermano menor.  No lo ha olvidado. Aquella noche el odontólogo Oswaldo Cava estaba en la calle cuando se enteró del atentado que acabó con la vida de su hermano Pedro (27), un joven odontólogo recién egresado de la universidad de San Marcos.

“Teníamos allí un consultorio. Pedro se quedó junto al mecánico dental Leonidas Anicama –uno de los heridos graves– para  esperar a mi otro hermano que quería atenderse. Cuando llegué, la fachada de mi edificio había desaparecido. No reconocía Tarata. Entré desesperado a buscarlo”, contó. Esta imagen la recuerda con dolor: su hermano yacía debajo de las cortinas con un hilo de vida y la mitad del rostro destrozada. “Falleció llegando al hospital. El día que lo velaron, mi padre mostró un rosario a la prensa y dijo: ‘Con esta arma derrotaremos a Abimael Guzmán’, y casualmente lo capturaron un 12 de setiembre, día del santoral católico”, agregó.

«PARECÍA UNA GUERRA»

El teniente brigadier del Cuerpo de Bomberos, Carlos Guerrero, y el comandante Jorge Molina son dos de los más de 100 bomberos que asistieron la emergencia aquella noche. Ambos recuerdan el día en que un enorme “cráter” apareció en medio de Tarata, mientras que decenas de personas corrían sin brazos, sin manos o bañadas en sangre.

“En ese entonces ya tenía 12 años como bombero y nunca pensé que algo así ocurriría en Miraflores. Parecía una guerra. Lo de Tarata fue con intención de matar gente, con maldad; allí había niños, personas inocentes”, sentencia Molina.

El valiente Guerrero, dice, nunca olvidará los cuerpos que halló al día siguiente de la explosión atrapados en un ascensor: cinco personas perdieron la vida y estaban irreconocibles. «El fuerte impacto hizo que la caja del ascensor se desenganchara. Fueron cuadros de horror que no deben repetirse nunca más». Huellas de la insanía y la barbarie senderista que los peruanos no podemos olvidar.

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