Buitres

Publicado el 30 octubre 2012 por en Opinión

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Por Rocío Silva Santisteban

El sábado a las cuatro de la madrugada murió Jaime Ramírez Pedraza, sentenciado por terrorismo a 25 años de prisión, quien padecía de una enfermedad degenerativa terminal, Esclerosis Lateral Amiotrófica-ELA, que no le permitía comer por sí mismo, ni caminar, ni levantarse, ni controlar esfínteres, y quien a pesar de haber solicitado en tres oportunidades un indulto humanitario, no pudo acceder a él porque le fue denegado consecutivamente. Al morir, la Comisión de Gracias Presidenciales, según información de Oscar Ayzanoa, ya había aprobado el tercer pedido de indulto, y según nos comenta la familia, incluso había sido firmado por la Ministra de Justicia.  Solo faltaba la última decisión política que lamentablemente nunca llegó. Estando el cadáver de Jaime aún tibio, dos funcionarios del INPE vestidos con su uniforme, se acercaron a la familia para solicitarles, “una huellita” dactilar y así sellar un papel en el que se decía que había muerto en libertad.

Esta situación que me ha narrado el hermano de Jaime, Manuel, acotado por la viuda, entre otros miembros de la familia, es simplemente abyecta. Se trata de una acción ruin, baja, miserable, despreciable, repugnante, odiosa, ignominiosa y rastrera que debería darnos vergüenza a los peruanos.

Dos veces he sentido vergüenza como peruana esta semana: ante las fotos de los policías siendo masacrados por el lumpen en La Parada y ante la historia vil que me narraban los hermanos Pedraza.

¿Quién les solicitó a esos dos miembros del INPE que se acercaran en ese momento doloroso a la familia a sacarle una huella dactilar al cadáver para hacer creer que el hombre había muerto libre cuando murió en el hospital pero privado de su libertad?, ¿qué funcionario quiso congraciarse con las altas esferas del poder?, ¿o acaso algún miembro de las altas esferas del poder tuvo esa maquiavélica y ominosa ocurrencia?

Esta historia nos muestra la increíble ruindad en la que se cae por ser lambiscón, pero también la fortaleza de diez hermanos unidos a pesar de las múltiples diferencias entre ellos. Pocos días antes, Jaime Ramírez Pedraza había sido trasladado al Hospital Toribio Mogrovejo para ser tratado por una luxación de la mandíbula, pues al querer tomar aire por la boca, se le había descolgado. Me cuenta la hermana menor, Mery, que en el hospital le pusieron una venda en la cara para aguantar la luxación, pero lo regresaron al penal Castro Castro casi de inmediato. Ahí un interno, apoyado precariamente por la familia, hacía las veces de enfermero. Al segundo piso del pabellón donde se encontraba Jaime no podía subir su padre, Eloy Ramírez, pues debido a su diabetes había perdido las dos piernas. Jaime a los dos días regresó al hospital por otro cuadro de asfixia y a las horas murió.  El padre, Eloy Ramírez, de ochentaitantos años, no aguantó la noticia y murió a las 24 horas exactas de la muerte de su hijo sin siquiera poder verlo en el ataúd. Esta es una historia real y dramática. La historia de los que pidieron la “huellita” es una de buitres.

Mínimamente José Pérez Guadalupe, e incluso la ministra Eda Rivas, les deben una explicación a los hermanos, a la familia y a todos los que sentimos indignación ante este hecho. Y por cierto es necesario precisar que ni el INPE ni otra institución del Estado han solventado gasto alguno de hospital, velorio o sepulcro. Los diez hermanos Pedraza, como siempre, lo hicieron solos.

Publicado en Kolumna Okupa, del diario La República, 30/10/2012

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