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Por Carlos Jibaja Zárate ((Director de Salud Mental del Centro de Atención Psicosocial – CAPS))

Publicado en web del CAPS

Cada cierto tiempo se insiste en el indulto de Fujimori argumentando razones humanitarias. Es paradójico que se alegue razones humanitarias cuando la sentencia que lo condenó a prisión por 25 años es por crímenes de lesa humanidad. Indulto por razones humanitarias, condena por crímenes de lesa humanidad. El efecto paradojal ocurre en la arena de los derechos humanos, éste sin embargo se resuelve entendiendo que la vida, integridad y dignidad de Fujimori es tan importante como la de cualquier ciudadano. El fin de una condena es castigar al sujeto trasgresor con la suspensión de su derecho a la libertad y el apartamiento del criminal de la vida en sociedad. No es un acto de venganza, es justicia.

El indulto, estipulado en la Constitución,  le permite al Presidente conceder indultos y conmutar penas. Se concede a personas que padecen enfermedades terminales;  las que pese a padecer enfermedades no terminales, por la naturaleza de las condiciones carcelarias, pueden ver en grave riesgo su integridad o dignidad; las personas afectadas por trastornos mentales crónicos y los mayores de 65 años, salvo por delitos de secuestro, narcotráfico y derechos humanos. Así, no es un hecho poco frecuente que, periódicamente, los Presidentes de la República indulten a un grupo de prisioneros bajo estas condiciones.

Aquí viene el asunto político. El indulto como sabemos no sólo se aplica cuando existe la seguridad de una condición terminal, sino cuando está en juego la negociación política. La presión de los fujimoristas, militantes y simpatizantes, así como un influyente sector de los medios de comunicación es notoria. Ellos apuntan a la “gracia” presidencial. Las constituciones latinoamericanas han conservado esta suerte de anacronismo monárquico. El Presidente a la manera de un Rey Absoluto “por gracia divina” tiene el poder otorgado por el pueblo de brindar indultos. Recordemos los casos Jalilie, en el Gobierno de Toledo, o Crousillat, en el de García, graves enfermedades que mejoran (para no desentonar con la gracia) de manera milagrosa.

¿Humala tiene la potestad de indultar a Fujimori? A decir de los entendidos, parece que Fujimori no necesita estar moribundo para recibirlo. ¿Bajo qué condiciones de negociación política ocurriría el indulto? Veamos: el manejo del Congreso no es nada desdeñable. ¿Cómo es que Humala rige sus acciones políticas ¿Bajo una ética de derechos humanos? O ¿Bajo una ética pragmática? Hasta el momento, su versión de nacionalismo tiene como moneda de cambio al pragmatismo.

En las últimas elecciones, la contienda Keiko-Humala, ante la inoperancia y avidez de los partidos de  centro, fue el reflejo de una masa electoral que no considera a la democracia como una forma de vida y de gobierno a la que hay que defender. Este grupo de personas pertenece a diferentes estratos socio-económicos con estilos de vida diversos – calculo que en su núcleo más duro, está alrededor de un 35% de los votantes ((Ver encuestas del Barómetro de las Américas)) cree en la mano dura y el pensamiento autoritario sin importarle por qué medios se consiguen resultados.  Los fujimoristas han echado raíces en el terreno fértil de los ciudadanos que no creen en la democracia, pero le son fieles no tanto al caudillo sino a su visión autoritaria de las relaciones sociales y políticas. Caído el caudillo, buscarán a otro personaje que encarne estas ideas y acciones de la manera más eficaz.

El fujimorismo es un movimiento político de derecha populista y autoritaria centrado en la figura de Alberto Fujimori. La figura del caudillo del fujimorismo es, a la vez que baluarte, su punto débil. Una vez desaparecido el líder existen muy pocas probabilidades que este movimiento se sostenga a través de la hija Keiko o el hijo menor, Kenji;  quienes fieles a esta suerte de sucesión “combi” de la familia imperial japonesa, aparecen como los herederos políticos de su padre. Mientras el padre viva, sus herederos sostendrán un liderazgo en el colectivo. Pero, al no haber desarrollado una institución sino una personalización reificada, la sucesión transferida a Keiko resulta muy incierta. Keiko no es la reina de “la naranja”.

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