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Por Carlos Jibaja Zarate

En las últimas semanas hemos tenido dos noticias indignantes. Una, más de 5000 delincuentes sentenciados por varias razones -entre ellas delitos de narcotráfico y secuestro agravado- fueron  puestos en libertad por “la gracia” presidencial de Alan García. La otra, la sentencia del juez Malzón Urbina, una cantinflada escrita en clave de discurso legal, que de un solo plumazo puso a fojas cero todo el esfuerzo por combatir ese foco de miseria humana que todavía es La Parada.

Ante este atropello al bien común y a la dignidad de los ciudadanos, la sensación general  que se crea es que los procedimientos jurídicos se convierten en puertas giratorias para la impunidad, en procesos mercantilistas que se resuelven vía tráfico de influencias y dinero por debajo de la mesa. Uno de los efectos devastadores sobre el tejido social es que la violencia de la impunidad hace sentir al ciudadano que se comporta cívicamente, paga sus impuestos y busca no “atrasar” a los demás, simplemente, como un reverendo cojudo.  Este es un efecto silencioso, continuo, dañino, que cala en la confianza a nuestros representantes y autoridades, así como en la legitimidad de la democracia. Por ello, no es casualidad que los peruanos constituyamos una de las sociedades latinoamericanas más desconfiadas de nuestras autoridades (Latinobarómetro, 2011).

La impunidad es una experiencia a la que estamos expuestos diariamente y nos es tan familiar, está tan adherida a nuestros usos y costumbres que muchas veces la asumimos como si fuera parte indesligable de las relaciones entre peruanos. A contracorriente, la indignación por las noticias de calibre tal como el de los indultos en el gobierno aprista o del fallo del juez Urbina surge ante la flagrancia emocional de estar sometidos a la impunidad ejercida por las autoridades, al aparecer estos hechos de manera desfachatada, desvergonzada, lo que hace imposible negarlos o mirar a otro lado.

La indignación es una clara señal de que estamos alertas. Un signo de resistencia que anuncia que todavía no hemos sido capturados del todo por la red de la impunidad y su efecto de entumecimiento y alienación. Estar indignado no es dar rienda suelta a la violencia, por el contrario, es un motor emocional que reivindica el sentido de pertenecer a una comunidad. Es una ráfaga de esperanza y exigencia por el cambio tan necesaria en nuestras incipientes instituciones democráticas.

Todavía está en la memoria colectiva la experiencia de total indignación ante los vladivideos; sí, aquellos en que se veía a Vladimiro Montesinos extrayendo fajos de dinero de un maletín, poniéndolos sobre la mesa de la sala del SIN para comprar y asegurar las voluntades de políticos, empresarios, periodistas y otras figuras públicas.  El volumen de indignación ciudadana, que venía cocinándose con las protestas de los estudiantes, los actos simbólicos como el lavado de la bandera, la marcha de Los Cuatro Suyos, produjo el grito compartido de ¡Fuera Fujimori!, consigna que se propagó rápidamente como “un solo puño”, como una única cadena de significación entre la mayoría. Una vez que el mensaje unió grupos diversos, con la indignación como combustible, el régimen autoritario de Fujimori cayó a la manera de un efecto dominó. Y esto mucho antes de que apareciera el movimiento “indignados” en Madrid.

¿Por qué surge la indignación ante hechos de injusticia y puede alcanzar tal impacto social?

Una posible respuesta, entre varias: la experiencia de justicia y su lado negativo, la injusticia, es un aspecto que está anclado en la experiencia de ser uno, de tener una identidad personal. Nos in-dignamos ante una injuria que atenta directamente contra nuestro sentido de integridad y dignidad personal. La ley, que se basa en la confianza de un Orden que proviene del entorno sociocultural, que determina qué es lo aceptable y qué es lo prohibido, así como quién(es) ejerce(n) el poder para establecer ese orden, es un principio fundamental en la construcción de la identidad de las personas. Mirar la cólera de un niño cuando siente que a su hermano(a) se le ha otorgado un privilegio que a él no, basta para darse cuenta lo enraizado del sentimiento de indignación y cómo nos pone alertas para determinar lo que nos parece es justo o injusto.

La indignación como sentimiento colectivo es una poderosa corriente emocional en la opinión pública que circula rápida y eficazmente buscando producir cambios en las instituciones, al principio de forma espontánea a la manera de un contagio de indignación, y en un segundo momento, guiados por líderes formales o informales que entienden y encarnan la denuncia y protesta. Muchas veces es como la espuma: rápida, efervescente, efímera; pero otras veces, cuando las condiciones sociales e históricas han tenido un efecto acumulativo, la indignación es un formidable detonante de cambio colectivo.

La indignación ante lo injusto, lo corrupto, la maldad, el ataque al bien común, nos vincula visceralmente con la realidad social en un mundo en donde lo virtual, la deshumanización, la indiferencia y el escepticismo corroen las bases del sentido de la vida en sociedad. La indignación es el viento fresco de la resistencia social a convertirnos en simples consumidores de un espectáculo de clientelismo, repartija y encubrimiento.

Por eso es que como ciudadanos tenemos que estar alertas a los Malzón Urbinas que pululan en el sistema judicial. La indignación nos puede (y debe) guiar a poner las cosas en su lugar.

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