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Estas letras son un abrazo. Frente al tiempo turbulento y el polvo de los días. Frente a la máquina implacable del terror, hemos ido poniendo granos de arena, hilos que se abrazan también en tejidos invisibles. La sentencia viene después de una larga lucha. Es difícil decir cuándo empezó. Si tenemos que poner una fecha, probablemente sea la de aquellos días en que las mujeres machacaban el maíz en su boca para sacárselo después y dárselo a los bebés que nacían en la huida. Frente a la matanza, el silencio y luego la palabra. Como aquellas mujeres viudas que llegaron al REMHI a decirnos: créame. Cuando escribía el tomo II del informe Guatemala Nunca Más, había que retomar fuerzas pensando en el futuro, para tener energía para escribir sobre el método de la crueldad, sobre cómo se planificaron las masacres, sobre la burocracia y el trabajo bien hecho. No hay cariño que empuje esas letras, solo la conciencia de que un día… En ese tiempo, había una norma implícita en el ejército: todo se puede hacer, pero bien hecho. Este método consistía en la destrucción total, luego en dosis de muerte que trataba de borrar sus huellas.

Con los intentos de justicia llegan también las amenazas, lo sabemos. Pero están fuera de la historia. El marco es hoy de los vencidos que no han sido derrotados. También sabemos que el valor militar sólo se queda en las trincheras del poder. El valor de verdad es el de las víctimas y testigos que se atreven a hablar una y otra vez, a pesar de que la palabra viene con su peligro. El valor militar no llega al reconocimiento. De repente se olvidan las cosas, no estuve allí, yo no supe, eran otros. Todos los represores padecen de un tipo de Alzheimer selectivo para no mirarse en el espejo. Este juicio, en cambio, es un gran espejo. En él no queda otro remedio que mirarse y si el ex general también niega sus sentidos, incluso el primero de todos, ese que llamamos de humanidad, el sentido esta vez es para todos. Para la sociedad guatemalteca y planetaria. Para las múltiples responsabilidades del terror que llegan hasta el de hoy en día. Porque la justicia no mira hacia el pasado, es también un ingrediente para cambiar el poder en nuestros días. El derecho se retuerce todo lo que se puede, recurso tras recurso, triquiñuela tras triquiñuela. Aún queda camino, pero esta noche celebramos y llamamos a los ancestros, a nuestros muertos y desaparecidos. A esos que empujaron a las mujeres indígenas a sacarlo de Rabinal cuando el ex general se presentó en su pueblo a dar un mitin, aquel día del entierro de sus muertos rescatados del desprecio. Las heridas se curan con el bálsamo del respeto. Y eso es también este trocito gigantesco de justicia. Gracias a todos y todas, por hacerlo posible.


Carlos Martín Beristain es médico y doctor en Psicología. Fue objetor de conciencia al servicio militar en 1977. Trabaja desde 1989 con víctimas de la guerra y organizaciones de derechos humanos de numerosos países: El Salvador, Guatemala, Colombia o México. Ha sido coordinador del informe Guatemala nunca más y ha asesorado varias comisiones de la verdad en Perú, Paraguay y Ecuador. Ha trabajado como asesor de la Corte Penal Internacional en varios países de África. Es autor, entre otros, de Reconstruir el tejido social (Barcelona, Icaria, 2004) y Manual sobre perspectiva psicosocial en la investigación de derechos humanos (Bilbao, Hegoa, 2010), y coautor de Violencia, apoyo a las víctimas y reconstrucción social. Experiencias internacionales y el desafío vasco (Madrid, Fundamentos, 2000).