Creyentes por la Unión Civil

Publicado el 08 abril 2014 por en Opinión

0
Compartir

Creyentes por la Unión Civil

¿Cómo vamos a amarnos los unos a los otros si no respetamos que los unos y los otros se amen entre sí?

El que pueda aceptar esto, que lo acepte
Mateo 19, 11-12

Por Rocío Silva Santisteban

Soy creyente. Creo en Dios y eso implica que considero que Dios (Ni-el-Ser-ni-el-no-Ser*) es amor aunque parezca un cliché y a veces no se sepa medir en su propia justicia las palabras exactas de lo que esto significa: hay un núcleo duro en el centro de la vida que sostiene a la vida misma a través del amor que es, sobre todo, ponerse en el cuerpo del otro y entenderlo y acercarse con las manos abiertas. No creo que exista un infierno hediondo a alumbre ni un cielo de coros celestiales para sancionar o premiar. El infierno y el cielo se dan en la tierra: el infierno puede ser uno mismo, aislado y destruido por el egoísmo, y como decía el poeta Luis Hernández, creo que el cielo son dos.

En la medida en que mi fe está centrada en el amor y en ese «cielo que son dos», considero que el matrimonio es la unión de dos personas que se aman libremente, que se respetan y que desean cuidarse. Por eso un mandato de los creyentes debe ser reivindicar un derecho igual para todos los seres humanos que se aman entre sí, sin ningún tipo de atingencias excepto las que plantean el respeto mutuo. En el Perú la unión civil es el reconocimiento constitucional de iguales derechos entre iguales a todos los ciudadanos. El Estado, como institución laica, debe garantizar esta equidad.

La idea de proponer a la institución «familia» como un argumento para recortar derechos es anticonstitucional, pero además, no refleja la idea nuclear del cristianismo como el mandato de amarse los unos a los otros. La familia idílica de un padre, una madre y dos hijitos es algo construido desde una tradición relativamente moderna. Por eso, discrepo del pronunciamiento de la Conferencia Episcopal Peruana: las familias nunca fueron así y aquellas que pre-existieron al Estado fueron completamente diferentes.

Las primeras familias humanas eran matrilineales pues no se asociaba la paternidad a las relaciones sexuales con una sola pareja y solo se tenía constancia de la madre como vínculo indiscutible con el nuevo ser. Hay diferentes investigaciones de antropólogos (Radclife Brown, Levi-Strauss) que argumentan de una manera contundente esta situación entre los germanos, los lidios, los etruscos, los astures, entre otros. Incluso el antropólogo Evans – Pritchar documentó en 1930, entre los nuer de Sudán, matrimonios del mismo sexo. En el Tawantinsuyo las familias se organizaban en panacas reales: el origen de la familia se asocia a un matrimonio entre hermanos (Manco Capac y Mama Ocllo). La misma biblia plantea uniones “extrañas”, incluyendo, por supuesto la poligamia del hermano menor, cuando muere el mayor y la mujer de este pasa a ser su esposa (Gn 38, 6-10).

Sostener que familia se origina como unión entre un hombre y una mujer es hartamente discutible. Es más, en nuestro país hoy en día, hay muchísimas familias monoparentales formadas por la madre y sus hijos, por eso mismo, proponer lo anterior le daría la espalda a una realidad dura pero certera.

¿Cómo vamos a amarnos los unos a los otros si no respetamos que los unos y los otros se amen entre sí? Precisamente un grupo de católicos, evangélicos, luteranos, entre otros, animan en un comunicado “a los y las creyentes de nuestro país a considerar en un espíritu de sabiduría, rectitud y caridad, la justicia inherente al proyecto legislativo de Unión Civil, y a abrir sus mentes y corazones para analizarlo sin prejuicios”. Ese es el punto: los prejuicios en torno a un tema que, en principio, debe entenderse como de justicia para todos y todas.

* Es la conceptualización que plantea el teólogo Raimon Pannikar. Antes escribí al respecto aquí.

Publicado en el diario La República, martes 8/4/2014

 

 

Puede interesarte: