La unión civil gay y el plan divino

Publicado el 22 abril 2014 por en Opinión

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Por Carlos Jibaja Zárate

Discutir con una persona que basa sus principios personales en dogmas de fe es frustrante porque su razonamiento tiene el muro de frontera que le impone su fe. Es con esa actitud “funda-mental” con la que rige su vida, relaciones sociales y opiniones sobre temas controversiales como el derecho de una mujer a decidir abortar, la unión gay, la adopción de niños por parejas del mismo sexo, el divorcio, el uso de contraceptivos o de lo que llaman “antropología natural” de la familia. Pero vale la pena seguir reflexionando.

En nuestros días, la Iglesia como institución sea ésta católica, evangélica, protestante, musulmana u ortodoxa aparece como un bastión conservador que busca preservar valores y tradiciones paternalistas en un mundo que se transforma rápidamente. El paternalismo plantea una relación de dominio e influencia que una persona o grupo social ejerce sobre otro, es una relación de poder en el que uno asume la condición de protección a la manera de un padre –de ahí el nombre – a condición de que el otro tenga un lugar subalterno, en la posición de ser cuidado. El paternalismo es un mundo de protegidos y protectores, siendo éstos últimos los que saben, tienen los  recursos y las influencias.

La ideología religiosa, cualquiera que sea el culto, es una explicación del mundo a partir de una divinidad que protege, sana, castiga o le da sentido a las personas que supuestamente de otro modo no saben lo que quieren, están expuestas a las fuerzas incontrolables de la naturaleza o que esperan una forma de trascendencia extraterrenal. La simpatía del Papa Francisco no lo exime del lugar desde el que el discurso paternalista se despliega: él pide que los sacerdotes sean “pastores con olor a oveja”. En el imaginario de esa frase derivada de las enseñanzas de Jesús1, el discurso de la Iglesia pone al creyente en la posición pasiva y dependiente de una criatura despersonalizada (oveja de rebaño) que requiere de la autoridad divina, por ende no cuestionable, para darle sentido a su existencia. Y por supuesto, los sacerdotes están para guiarnos en los misteriosos caminos de tal fe.

Así, cuando la Iglesia habla de la familia piensa en la conservación sacralizada de una institución que deviene del orden natural planeado por Dios y conformada por la mamá abnegada, el padre responsable, y los hijos bien criados (si son más de tres, mejor) que respiran el aire impoluto de una relación de pareja que sólo tiene placeres carnales cuando quiere procrear. La Iglesia rechaza visceralmente cualquier variante de esta norma sagrada. Mujeres fertilizadas artificialmente sin la presencia de un esposo,  divorciados, gays o lesbianas son inmorales trasgresores del “Plan de Dios”.

En el cristianismo conservador, el plan de Dios – en el que no entran los homosexuales, las mujeres que toman la difícil decisión de abortar, los suicidas o los que se masturban – entre otros grupos excluidos, es un ideal (teleológico) instalado de manera inapelable en las cabecitas de los niños y niñas de los hogares en el que la Biblia es El Libro. El mencionado plan de Dios contiene un propósito último que le da sentido a todo el recorrido de la vida del creyente. Toda  realización humana pasa por su cumplimiento. No importa que el creyente sufra, sea un indigente o le maten al hijo, el plan magistral que da margen a esas contingencias propias de la libertad del sujeto, se mantiene constante pues al final si se ha mantenido fiel al plan que Dios tenía para él, será  recompensado infinitamente.

Según la Iglesia, en su omnipotente sabiduría, bondad y misericordia, Dios le da al ser humano nuevas oportunidades para redimirse: tiene en la confesión, el arrepentimiento y en los actos de contrición el expediente que permite a la oveja descarriada el retorno al Plan y a la reconciliación con su fe.  El acto de la confesión y el arrepentimiento exige rendición, sumisión a la voluntad divina y sujeción “en libertad”.
Un ejemplo de esta práctica del arrepentimiento propuesta por los grupos ultra conservadores de la Iglesia es la llamada psicoterapia reparativa que supuestamente cura la homosexualidad. Partiendo del prejuicio que se trata de una enfermedad mental,  los psicólogos de esta forma de “psicoterapia” buscan reformar al gay bombardeándolo con adoctrinamiento  y sentimientos de culpa. Valga señalar que en varios países como Holanda, Estados Unidos o Gran Bretaña la terapia reparativa ha sido prohibida por iatrogénica (acto médico dañino) e ineficaz en su objetivo “curativo”.

El que quiera suscribir esta forma confesional de pensar y vivir su existencia está en su derecho. Lo que es inadmisible es que los  creyentes de esta fe quieran uniformizar su manera de ver las cosas y la quieran instituir como política pública del Estado peruano para entonces regir las vidas, mentes y cuerpos de todos los ciudadanos de acuerdo a esta especie de CEPLAN Divino. El Estado peruano es laico, no es el dominio de un grupo religioso. La ley que oficializa la unión de parejas homosexuales no es quizás parte del plan divino trazado por el Dios que interpreta la Iglesia, pero emana consecuentemente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que establece en su artículo 2 que “toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole (…)”. Valga recordar que nuestro país, la Constitución así lo establece, es multi-étnico y pluricultural, es decir el Estado peruano reconoce, respeta y protege la expresión de múltiples estilos de vida, religión, sexualidad, idioma, cultura, etc., de personas y grupos.

Estamos en el umbral para que grupos minoritarios como los homosexuales, bisexuales y transexuales que han sido perseguidos, discriminados, ridiculizados, satanizados, incluso deshumanizados y asesinados por sus preferencias y conductas sexuales, accedan a los derechos y obligaciones que cualquier ciudadano peruano tiene. Ni más ni menos.

  1. En aquel tiempo dijo Jesús: “Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. (Juan 10,11-18). []

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