Marchas y contramarchas

Publicado el 15 abril 2014 por en blog, Opinión

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Por Rocío Silva Santisteban

La marcha por la Unión Civil ha sido histórica. En nuestro país algo ha cambiado y ese cambio, aunque incipiente, ha dado un giro a la conceptualización del homosexual a pesar de los ataques y calificativos de la jerarquía eclesiástica más conservadora de América Latina. Un cambio necesario en la sociedad –por lo menos en la sociedad limeña– que ha comenzado con la participación de congresistas, autoridades, universitarios, creyentes progresistas, políticos de izquierda y centro-derecha, familias heterosexuales completas y padres de gays y lesbianas movilizándose alegres y entusiastas por las calles del Centro de Lima hasta llegar a la emblemática Plaza San Martín llenándola por completo. Y llenar la Plaza San Martín no es fácil.

No se trató de una marcha endogámica. Me explico: los participantes no fueron solo militantes LGTBI sino ciudadanos en general que apoyan un cambio de régimen de derechos para incluir a los no incluidos y ampliar el reconocimiento a las parejas homosexuales. Otro tema fundamental es que padres y madres de población LGTBI han estado presentes acompañando a sus hijos y el estigma de tener a “un maricón o una marimacha en la familia” se está poco a poco pulverizando. En una generación estamos saliendo, lentamente pero victoriosos, de la estupidez humana de considerar a alguien por su orientación sexual como un apestado.

Pero no todo es alegría en una sociedad de contrastes e injusticias ancestrales. Los temas sociales y económicos que, por supuesto, dañan los derechos de la población LGTBI no convocan de la misma manera que las libertades ciudadanas. Se trata del lado B de toda la alegría del sábado que también es urgente difundir para que no se vuelva a repetir. Según cifras del MHOL el año pasado se produjeron 48 crímenes de odio (uno por semana): asesinatos por ahorcamiento, a machetazos, en Rodríguez de Mendoza se mutiló en vida y luego carbonizó el cuerpo de un joven gay, en julio a la salida de una discoteca en Tumbes dos travestis fueron acribilladas a balazos. También se han producido suicidios de jóvenes avergonzados por su condición, golpes y torturas de policías a transexuales. Asimismo un adolescente homosexual fue golpeado y rociado con orines por su propia hermana. Todas estas muertes y daños a la vida y la salud se produjeron con la justificación de que la homosexualidad es una perversión. ¿Y acaso rociar de orines las heridas de tu hermano no es un acto inmensurablemente perverso?

Cuando se avanza, los perros se desesperan y ladran. Por eso algunos fanáticos que se golpean el pecho y citan de memoria innumerables versículos de la Biblia no dudarían en pegarle a un homosexual porque siguen parapetados en su miedo y terror a una “condición otra”. Cometen el peor de los pecados: odiar al prójimo. Esta manera de pensar, justificando la discriminación con discursos religiosos, tiene repercusiones a nivel político: son policías, fiscales, jueces, enfermeras, médicos y burócratas en los diversos ministerios quienes maltratan, desprecian e ignoran las necesidades urgentes de esta población. Quizás por esto el Ministerio de Salud no se preocupa por los constantes desabastecimientos de retrovirales para pacientes con VIH: porque sus vidas no valen ni siquiera la de un heterosexual pobre que ya vale poco.

Publicado en el diario La República, martes 15/04/2014

 

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