Giorgina Gamboa

Publicado el 02 septiembre 2014 por en blog, Opinión

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Por Rocío Silva Santisteban

“Yo lo único que quiero es que me pidan perdón…”, es lo que declara en una entrevista realizada hace poco, Giorgina Gamboa, una mujer ayacuchana defensora de derechos, quien fuera violada por siete sinchis el 29 de diciembre de 1980 a los  15 años de edad. A pesar de los treinta y tres años transcurridos, Giorgina hoy más que nunca reclama justicia. Felizmente la Comisión Interamericana de Derechos Humanos-CIDH ha aceptado la petición presentada por COMISEDH, así que probablemente dentro de poco tiempo, el Estado peruano tenga que explicar por qué, a pesar de todo este tiempo y de las pruebas contundentes (informes médicos, policiales, peritajes) se archivó dos veces el caso y se absolvió a todos los implicados.

Los hechos son simples y perversos: una joven muchacha es capturada bajo la excusa de ser terrorista, llevada a la estación policial de Vilcashuamán, amarrada y violada en masa. “¡Tú tienes que hablar!; ¡tú eres terruca!”, le decían y ante su silencio los sinchis le rompieron la pollera, el fustán y la ropa interior, la ataron las manos y le metieron un pañuelo en la boca: “Uno salía y otro entraba, a veces lo hacían entre dos, inclusive pude sentir que era violada por tres personas. Estaba como muerta. Trataba de huir, pero era violada nuevamente; lloraba y ellos me golpeaban, me decían ‘cállate, cállate no vas a decir nada”.

Javier Diez Canseco acogió en Lima a Giorgina cuando ella vino a reclamar justicia en 1981. Con avanzada preñez producto de la violación, el congresista la apoyó para buscarle dónde dar a luz, y por eso la llevo al despacho del Ministro del Interior de la época. Diez Canseco recuerda estos hechos: “En el despacho, el ministro –un oficial general en retiro de las FFAA– escuchó atentamente nuestro relato, sentados en un extremo de la larga mesa. Ella lo miraba en silencio. Al terminar, el ministro se volteó y, sonriente, le espetó: “Dime, hija, ¿qué nombre le vas a poner a tu hijo? Si es hombre le pondrás Sinchi y si es mujer, ¿Sincha?”.

A diferencia de muchas otras mujeres, cuyas vidas quedan destruidas ante una violencia en masa y ante una respuesta de los representantes del Estado de esa índole, Giorgina pudo seguir adelante. ¿Qué le permitió salir de esa abyección? Su fuerza interna, la ayuda que recibió, su búsqueda de justicia. Giorgina tuvo a su hija Rebeca, la crío no sin problemas de diversa índole: ahora Rebeca es una mujer madura que conoce el origen de su vida y también es madre. Giorgina, hoy abuela, entiende que su caso es emblemático: “Muchas mujeres no quieren hablar porque tienen miedo, acaso tienen pareja y sus parejas no comprenden… a mí mi pareja me ha comprendido, me ha apoyado bastante, y eso ha ayudado. Yo reclamo justicia, no solo para mí, para varias mujeres que no han denunciado. Quizás este gobierno nos pueda escuchar… ¡Son treinta años! Ojalá nos escuchen, nos den reparación”.

Sería lamentable que en este caso, como en los otros 4.289 casos de violaciones y violencia sexual, el Estado peruano no escuche y tenga que ser la Corte Interamericana la que le abra las orejas.

Publicado en el diario La República, martes 02/09/2014

 

 

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