CNDDHH: 30 años

Publicado el 30 Enero 2015 por en 30 años, Noticias

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Por Salomón Lernes Febres

Cuando nació la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, hace treinta años, el Perú ingresaba a uno de los periodos más negros de su historia contemporánea. La violencia iniciada por Sendero Luminoso se había transformado rápidamente en una corriente desbordante de terror y de asesinatos y masacres, principalmente contra la población de los Andes. El Estado había optado por replicar al terror con el terror, y la policía y las fuerzas armadas cometían crímenes repudiables contra la población, entre ellos la desaparición forzada de personas. Las autoridades y la mayoría de políticos brindaban su apoyo silente a los abusos militares. Y buena parte de  la población urbana parecía estar de acuerdo en que el sacrificio arbitrario de centenares o miles de vidas, de gente pobre de lengua quechua o aimara en aldeas de la Sierra, era un precio aceptable para derrotar a Sendero Luminoso.

Esa conformidad con el horror fue una muestra dolorosa del estado de degradación al que nos encaminábamos. La indiferencia ante la muerte de los pobres, de los excluidos de siempre fue –lo es todavía– una de las grandes derrotas morales que nos infligió la violencia armada.

Por ello, la voz que elevó la CNDDHH en esos años –que era también la de esa admirable mujer que fue Pilar Coll y la de las madres andinas que desde años clamaban por la vida de sus hijos desaparecidos– debe ser oída, en retrospectiva, como una voz de regeneración, como un llamado a humanizar nuestra vida colectiva. Desde entonces, esa institución ha sido una constante, exigente y necesaria presencia en nuestra imperfecta democracia y, también, una muestra de que, contra lo que diariamente nos muestran los poderosos, el Perú sí tiene las reservas morales e intelectuales necesarias para convertirse, algún día, en una auténtica democracia, en una república de ciudadanos.

Humanizar a un país como el Perú de esos años, atrapado por la violencia, requería valor. Se luchaba no solo contra la ramplonería de un sentido común, que llamaba a oponer violencia ciega a la violencia ciega, sino también contra fuerzas concretas, materiales y mortíferas como las amenazas y represalias de quienes preferían actuar en la impunidad y libres de toda crítica. Se requería y también se requiere ahora, de una gran energía intelectual y una fuerte estructura moral para desafiar al racismo convencional peruano, aquel que, desde la cúpula del Estado hacia abajo, justificaba la exclusión, la discriminación e incluso la muerte, si las víctimas se limitan a los ciudadanos indígenas del Perú.

La defensa de los derechos humanos emprendida por la Coordinadora fue, desde el inicio, una posición de principios que rechazaba el atropello de la vida y de la dignidad humanas viniera de donde viniera. Una grosera mentira de los partidarios de los crímenes de Estado es que ella fue contemplativa frente a los crímenes de Sendero Luminoso. Eso es simplemente una calumnia. La Coordinadora no solo condenó en los términos más enérgicos a esa organización terrorista, sino que fue, asimismo, una de las pioneras en afirmar que no solo el Estado es el que puede ser acusado de violaciones de los derechos humanos.

En una democracia imperfecta, en una vida política degradada como la que hoy tenemos, la CNDDHH sigue siendo una señal de que aún tenemos voluntad y energía para ser mejores. Su aniversario debe ser reconocido como un testimonio de ello.

Publicado en La República, viernes 30/01/2015

 

 

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