Libertarios contra el terrorismo

Publicado el 13 Enero 2015 por en blog, Opinión

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Por Rocío Silva Santisteban

Es oprobioso justificar la muerte de las víctimas de la Revista Charlie Hebdo sosteniendo que el humor de sus caricaturistas era neocolonialista y racista. Hacerlo es un despropósito y una forma totalmente abyecta de luchar contra el neocolonialismo y el racismo. Muchas de las carátulas de Charlie Hebdo han sido ofensivas contra católicos, judíos, musulmanes, afrodescendientes, entre otros, pero eso no implica que ellos no tengan la total libertad de decir lo que piensan y las personas ofendidas la total libertad de seguirles un juicio por difamación. Los tribunales decidirán si era una injuria o no. ¡La democracia no puede creer en la censura ni en las quemas de libros menos en la venganza!

Decir que son los pueblos oprimidos de la tierra los que echan mano a este tipo de actos es darle una razón histórica al terrorismo. Ningún terrorismo tiene razones históricas que esgrimir. La violencia terrorista no es un resultado de un escape de lo real —en su sentido lacaniano— sino que es violencia pura y dura: la peor disrupción, el acontecimiento que fragmenta, destruye, inhibe.

No podemos sostener que la víctima de un terrorista se la buscó. También hay muchos misóginos que consideran que las víctimas de una violación sexual también se la buscaron por ponerse minifalda o salir de noche. ¡Nunca una víctima es la causante de su desgracia! Si no existiera la voluntad y la decisión de ese otro que la asesinó o que la violó el crimen no sería tal. No está en la voluntad de la víctima, sino del victimario, en su propia justificación de lo injustificable, la radicalidad de un mal que embarga a ambos.

Las caricaturas políticas siempre serán incómodas al poder y los líderes políticos deben saber cómo manejarse entre la diferencia de los límites jurídicos y legítimos de la libertad de expresión y la censura. ¿Pero el humor tiene límites? ¡Por supuesto! ¿Acaso con la excusa del humor no se es racista, homofóbico, clasista? ¿Acaso en nuestro país no hemos tenido un programa de televisión que, basado en su racismo, denostaba la imagen de la mujer andina proponiéndola como una “pendeja”? ¿No se hizo acaso una campaña contra ese programa que, finalmente, llegó hasta las mismas Naciones Unidas que se pronunciaron considerándolo ofensivo? Por cierto, ¿se censuró a su creador y protagonista? No, fueron ellos mismos, quienes decidieron sacarlo del aire.

La libertad de expresión es muy compleja: sus límites son porosos y se perjudica quien pretenda definirlos con la raya negra de la censura. Por ejemplo, Aldo Mariátegui es un sociópata cuyos calificativos, a veces verdaderamente injuriosos, han salpicado a muchos incluyéndome a mí misma. Sin embargo, defiendo la libertad que tiene ese “periodista” de decir lo que le dé la gana dentro de los límites de la libertad de expresión (¡por que los rebasa es que tiene juicios en su contra!). Con Voltaire sostengo que “estoy en completo desacuerdo con lo que él dice, pero defiendo con mi vida su libertad de decirlo”. ¡Esa es la democracia por la que yo lucho!

Por lo expuesto me considero libertaria, en el sentido prístino del término, vinculado no con el neoliberalismo que defiende la libertad solo para justificar la explotación del ser humano por la ambición y la usura de ese “mercado libre”, sino en el sentido más radical: defiendo la libertad contra el autoritarismo, la diferencia contra la homogeneidad, la interculturalidad contra el multiculturalismo, la laicidad contra el fundamentalismo, la libertad de creencias y de ser ateo o musulmán frente a la propuesta absurda de querer imponer cualquier idea incluso laica. Por eso, el Estado policial-paranoico que claman algunos congresistas —ay, Tubino— es la peor respuesta porque puede rozar el terrorismo de Estado. ¡Cuidado, Francia, contra el terrorismo la respuesta es libertad y más libertad.

Publicado en Kolumna Okupa del diario La República, martes 13/01/2015

 

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