Wilfredo Ardito: 30 años de la CNDDHH

Publicado el 22 Enero 2015 por en 30 años, Noticias

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30 años de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos

Por Wilfredo Ardito Vega

El año pasado, el mejor alumno de la Facultad miró un libro mío publicado por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos y sonrió:

-¿Qué sucede? –le pregunté.

-Es que todo lo que sé de la Coordinadora se lo he leído a Aldo Mariátegui.

Su comentario me dejó perplejo, porque sé que para Mariátegui la Coordinadora está formada por caviares defensores de terroristas, pero también me hizo pensar sobre cuán alejadas pueden estar de la historia de nuestro país aún las personas con buena educación.

Digo esto porque conocer a la CNDDHH es fundamental para comprender la historia del Perú y precisamente por razones contrarias a las que algunos creen: su radical rechazo a los grupos subversivos contribuyó a detener su expansión en los años ochenta y noventa.   La CNDDHH fue uno de los principales motores de las organizaciones de la sociedad civil (comunidades campesinas, parroquias, universidades, organizaciones sindicales, profesores) que se oponían con firmeza a Sendero Luminoso y el MRTA, luchando por la vigencia de los derechos humanos.

El primer mérito de la CNDDHH fue ayudar a revertir el sentido común que comenzaba a predominar respecto a que esos crímenes eran inevitables en el proceso de detener a la subversión.   En aquellos años, se comenzaba a caer en la resignación respecto a que los militares siempre iban a cometer abusos y los campesinos siempre iban a padecerlos.  La CNDDHH se formó en pleno gobierno de Belaúnde, articulando a las diversas organizaciones de derechos humanos que en esos años denunciaban masacres, ejecuciones extrajudiciales, miles de desapariciones y violaciones.

Al mismo tiempo, el otro gran mérito de la CNDDHH fue la condena abierta y valiente a los grupos subversivos en los mismos años en que SL avanzaba incesante asesinando autoridades, funcionarios y a todo aquel que se oponía a sus prédicas violentistas.  “Es mucho más difícil lo que ustedes hacen”, me comentó alguna vez una amiga palestina, “porque en vuestro caso, los violadores de derechos humanos están en ambos lados”.

Treinta años después hace pensar, ¿cómo se logró enfrentar a la vez a dos bandos que solamente tenían en común el total desprecio por la vida humana?  Creo que de allí se deriva otro gran mérito: esa valentía para defender la vida en medio de un remolino de violencia.  “¿Por qué no te buscabas otro trabajo?” me preguntaron algunos amigos extranjeros, pasados los peores años del conflicto.   Su pregunta me desconcertaba, porque si bien tuve varios momentos de temor, sentía que todos los que trabajábamos en derechos humanos teníamos una mística, una convicción de que valía la pena arriesgar o inclusive perder la vida por un ideal superior que era la vida de otros.   No recuerdo una sola persona del movimiento de derechos humanos que en aquel tiempo se haya retirado para conseguir una beca, porque tenía una mejor oferta laboral o porque tenía miedo.  Quizás sentir que cada uno formaba parte de un movimiento mucho más grande a todos nos daba fuerzas.   Quizás cada uno tenía personas concretas como referentes de desprendimiento y sacrificio.    Para mí, como para muchos, este fue el rol de Pilar Coll, la fundadora de la CNDDHH.

Un cuarto mérito de la CNDDHH fue la participación en un mismo espacio de organizaciones católicas, evangélicas y no confesionales que durante décadas aprendieron a trabajar conjuntamente, poniendo sus principios por encima de las diferencias.

Cuando uno recuerda aquellos años, “la difícil coyuntura que vive el país actualmente” parece realmente intrascendente y las intrigas políticas cotidianas nada tienen que ver con un país que parecía en crisis terminal.  En esos años de precariedad e incertidumbre, la CNDDHH logró ayudar a miles de personas.

Por eso me parece tan injusto que siquiera se sugiera la proximidad de la CNDDHH con los grupos subversivos.   Eso sí, en los últimos años la CNDDHH ha decidido asumir temas como los derechos indígenas y los derechos ambientales, con lo cual ha generado nuevas iras, esta vez de grupos empresariales y sus aliados estatales.   Es comprensible entonces que busquen desprestigiarla para así también deslegitimar estas acciones.

Sin embargo, en un país donde tantas veces creemos que no existen héroes y estamos acostumbrados a desconfiar de nuestros compatriotas, reconocer la trayectoria de la CNDDHH ayudaría a darnos cuenta de la capacidad que tenemos los peruanos para comprometernos por la vida y la dignidad de los demás.

 

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