El político automendaz

Publicado el 24 marzo 2015 por en blog, Opinión

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Por Rocío Silva Santisteban

En nuestro país la carrera política tiene una gran dosis de tánatos  escondida detrás de altos ideales (justicia social, desarrollo integral, prosperidad). Los políticos serios, los que en verdad lo toman como una práctica de construcción de nación con sinceridad, pienso en Paniagua por ejemplo, no dejan de rendirse ante ese yo omnipotente que construyen para poder controlar, mandar, liderar, vigilar, dirigir, en suma, ejercer el poder. Ese ejercicio, en su práctica diaria, implica una dosis de distancia, autocontrol e instinto de supervivencia. Por eso a veces el político se miente tanto a sí mismo. Supongo que no es perjudicial hasta que él cree en su propia mentira y entra en el círculo vicioso de la mendacidad.

Casos en el Perú tenemos al por mayor: Yehude Simon, por ejemplo, al que yo admiraba mucho por haberse reconstruido como un político serio después de una dolorosa estancia de ocho años en la cárcel. Tomó una mala decisión: en el momento en que se fortalecía su liderazgo como hombre de izquierda y presidente del gobierno regional de Lambayeque, acepta ser Primer Ministro de un presidente cuya credibilidad hacía agua ante la corrupción descarada. Hasta ahí fue un error, pero Simon fue más allá: en su periodo llegó a justificar las razones que expusieron a policías y a indígenas esa maldita mañana del 5 de junio en la Curva del Diablo. Ni siquiera renunció como lo esperábamos y se mantuvo hasta julio de ese año.  Comenzó a mentirse a sí mismo.

Y ahora, a sabiendas de sus sucesivas traiciones, como postular por Alianza para el Gran Cambio al congreso, pretende erigirse como ¡líder de la izquierda peruana! No, pues. Que se mienta a sí mismo no implica que nos creamos sus mentiras. ¿No son cínicos aquellos que también, a sabiendas de no creerlas, pretenden que ése es el hombre de una nueva alianza de izquierda “moderada”?

Mario Vargas Llosa, en su memorable El pez en el agua, sostiene que para entrar a la política en el Perú es preciso “un baño de mugre” como si fuera el rito de pasaje a una banda delincuencial.  La mugre cae al principio y el político, como un perro indignado, se sacude brioso. Luego se va acostumbrando. El acostumbrarse a la mugre y a la mendacidad convierten a los políticos o políticas, seres humanos prácticos que no centran sus acciones en la reflexión sino en la pulsión, en cínicos. No creo que Simon sea aún un político cínico; Alan García sí es su expresión más lograda. El cínico, a decir de Juan Carlos Ubillús, es “el que no cree en el deber ser colectivo ni en la posibilidad o necesidad de su vigencia”.

Los políticos cínicos, a los que estamos tremendamente acostumbrados, usan ese ego colosal y omnipotente para mayor gloria de sí mismos y, de paso, se apropian de algunos cuantos millones de las cuentas que todos los ciudadanos pagamos, porque sienten que se lo merecen. El político cínico lleva al autoengaño a un límite sideral: se autoconsidera un Elegido. Por lo tanto, todas sus estrategias aunque sean non santas, son justificadas para llegar al objetivo, más que mesiánico, decididamente maquiavélico.

El cinismo del político atrofia los valores de la propia población peruana que, finalmente, descree de los propios para dejarse llevar por las ordalías de los discursos y del pragmatismo ante el inminente “mal menor”.

Publicado en Kolumna Okupa del diario La República, martes 24/03/2015

 

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