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Por Rocío Silva Santisteban

El día miércoles 29 de abril estuve parada en la zona cercana a la punta del muelle de Pacasmayo. El sol vertical caía como látigo. Los durmientes se veían carcomidos y rotos; la madera agujereada y picada; los rieles bamboleaban a nuestro paso.

Unos veinte pelícanos esperaban pacientes el regreso de los pescadores para robarles sus preseas. Nadie los toca porque están en la zona de riesgo: un letrero les avisa a los turistas distraídos que, a partir de ese hito, el resto es peligro. Desidia y peligro. Pero ese día la brisa olía a vida. Fui una de las privilegiadas que caminó por esa histórica estructura antes de que se venga abajo indefectiblemente frente a la fuerza de la corriente marina. El viejo e histórico muelle de Pacasmayo perdió 40 metros de su eslora ante el fuerte oleaje de la semana pasada: la punta de su espléndida estructura cayó. Y el mar se la atragantó, como siempre, entre bramidos y olvido.

Ese muelle de durmientes de pino oregón traídos desde lejos a finales del siglo XIX por el gobierno del presidente Balta sobrevivió al ingreso de las tropas chilenas del General Lynch, quien tuvo la primera intención de quemarlo. Uno de los pacasmayinos de adopción, el estadounidense Benjamin Kaufmann, y su voluntad de mantener el muelle, lo salvaron del peligro entregándoles 10 mil soles a las tropas chilenas. El muelle era útil mientras funcionó el ferrocarril de Pacasmayo a Chilete trayendo y llevando cargas de la mina Paredones. En 1968 se produjo una de las peores “Corrientes del Niño” y de esa manera los durmientes del ferrocarril colapsaron y con él la vida del muelle que, posteriormente, quedó en el abandono. Solo los pescadores artesanales, sus anzuelos y carnazas, lo invadían para sacar a flote cangrejos y peces variados. El drenaje de aguas ácidas, la herrumbre de la sal marina y la desidia de las autoridades permitieron que el oleaje se vaya llevando el muelle poco a poco: primero tuvo 773 metros, luego en 1918 cayeron dos cabezos y quedó con 544 metros, hoy ha perdido desde su longitud original 269 metros. ¿En qué momento el muelle quedará lo suficientemente mocho como para solo albergar a los pelícanos?

La caída del muelle de Pacasmayo, hermoso, largo y distante, con esa “luz artificial de débil proyección” que lo acompañaba apenas durante las noches sin luna, me hace recordar al Perú. Histórico, duro e inquebrantable ante los embates de las fuerzas enemigas, el país de gente que lucha por salir adelante, ensimismada, a veces se queda solo frente a los oleajes. Y esas olas escarpadas no son solo las embestidas del destino sino de la indiferencia, de la inequidad, de la injusticia, de la bravuconería, de la insolencia, de la corrupción que como la sal marina todo lo destruye hasta el fierro más fuerte. Corroe por dentro. Los pelícanos, como siempre, se echan sobre la madera para quitarle al otro lo que pesca, con su sórdida hediondez. Y sin misericordia lo usan para salir a flote pero no le entregan lo necesario para mantenerlo vivo. ¿Qué se lleva el mar sino aquello que le lanzamos con nuestra apatía? Y la memoria, que selecciona sus recuerdos, quizás olvide para siempre esos 269 metros que, según algunos, no le hacían falta a nadie.

Publicado en Kolumna Okupa de La República, martes 05/05/2015

 

 

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