Regreso a Cocachacra

Publicado el 02 junio 2015 por en blog, Opinión

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Por Rocío Silva Santisteban

Son las 6:30 de la tarde y los cacerolazos se oyen por todo el pueblo. Las mujeres se paran en la puerta de sus casas o de sus tiendas con una sartén y un cucharón para declarar su indignación. También prenden velas dentro de botellas de plástico para que no se apaguen con la brisa que viene desde el mar. ¿De qué otra manera podemos protestar?, se quejan. Les digo que porten lazos verdes con un listón negro para manifestar su luto como lo hacían las mujeres en Conga durante el Estado de Emergencia porque están suspendidas algunas garantías pero jamás se puede suspender la libertad de expresión.

Han pasado solo 45 días entre la primera vez que vine a la zona y ahora que regreso pero  en densidad histórica parecen diez años: cuatro personas han sido asesinadas, dos agricultores y un obrero de construcción por proyectiles de arma de fuego y un policía golpeado por la turba; se ha instalado el Estado de Emergencia y según el registro del puesto de salud más de cien personas han sido atendidas por heridas, aunque, como me confiesa la doctora: “muchas ni siquiera vienen porque tienen miedo de que les pasemos nuestras listas a la PNP”. Por eso se sacan los proyectiles en sus casas y llegan al puesto con infecciones por malas curaciones.

Hay miedo en Cocachacra y muchas quejas: por abuso de la fuerza por parte de la PNP como, por ejemplo, cuando detuvieron a un sereno y le hicieron bajar de una camioneta del serenazgo para golpearlo hasta producirle un esguince; porque los jóvenes y adolescentes duermen en los cerros por temor a ser capturados; porque la policía les pregunta a los niños del colegio si sus papás participaban en la huelga. Las personas tienen miedo incluso de hablar por celular y los adolescentes han aprendido a grabar y registrar situaciones de violencia porque los periodistas que lo hicieron han tenido que huir hacia Arequipa como también huyeron tiempo antes otros pobladores a favor de la mina. La desconfianza se ha instalado incluso entre vecinas que se acusan mutuamente de delación.

La gente agradece que Nicolás Lúcar haya venido a la zona y aborrecen que algunos periodistas, sin salir de su set en Lima, sostengan que hubo saqueos en Credishow cuando, me dice una señora, “sí rompieron las lunas pero nadie robó nada ni saqueó nada”. Están cansados del estigma de violentos. Me dice una trabajadora de la Municipalidad que cuando van a Arequipa no los aceptan en los hoteles porque “son terroristas antimineros”.

Por supuesto que también la espiral de violencia de los espartambos les está pasando la factura. Sin embargo el tema es más complejo: como me explica un profesor de colegio, muchos adolescentes los ven como héroes, incluso hay un hip hop cuyo coro dice “el ministro no quiere entender/ este valle no lo voy a vender / somos hijos de Tambo y somos es-par-tam-bos…” Además me explican, por enésima vez, que no han llegado “puneños huaraqueros” porque “muchos tambeños venimos de Puno y sabemos tirar con honda para espantar a los pájaros”. Otros me explican que se sienten indignados con el ministro. ¿Con cuál? les digo yo. Me explican que, por orden de indignación, primero con Cateriano, luego con Pulgar Vidal y por último con Pérez Guadalupe “porque dijo que a Ramón Colque lo mataron de un piedrón cuando murió por bala…”.

¿Cómo recuperar la confianza?, pregunto. Solo un hombre mayor que nos repitió varias veces que había leído el Informe Final de la CVR se atreve a sugerir que venga el Presidente.

Publicado en Kolumna Okupa de La República, martes 02/06/2015

 

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