Oronqoy

Publicado el 03 noviembre 2015 por en blog, Noticias, Opinión

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Por Rocío Silva Santisteban

Una recua de mulas con los pequeños ataúdes amarrados a sus lomos. Un abogado, un antropólogo y un representante de la CMAN de Apurímac, como los tres reyes magos, pero sin regalos para nacimientos sino llevando apenas lo mínimo para un entierro digno. Un camino que empieza en la quebrada de los cerros, en el puente peatonal de Cutinachaca, hasta donde llegan los carros y camionetas desde Abancay. No, no hay conexión entre la capital, Chungui, y su centro poblado de Oronqoy; aunque si se quiere tomar esa vía son tres días de caminata a paso firme y buenas piernas. Esta vez, desde Cutinachaca hasta Oronqoy, les esperan 10 horas andando cuesta arriba, entre cerros secos, sin un solo árbol que les pueda dar sombra.

Todo ese esfuerzo tiene un objetivo: entregar a los comuneros los restos de sus vecinos y familiares que fueron masacrados por los sinchis en 1983 y dejados a su suerte en una fosa común durmiendo el sueño de los justos. Los peritos del Instituto de Medicina Legal los esperan arriba, junto a las cajas lacradas con los restos de comuneros exhumados hace apenas tres meses. Los oronqoínos se negaron a que el Ministerio Público lleve los restos a la ciudad de Huamanga porque, como ha sucedido otras veces, los entregarían allá y volverlos a traer exigía un esfuerzo, no solo físico, sino también económico imposible. Felizmente el abogado y activista de DDHH Yuber Alarcón, el funcionario de la CMAN José Carlos Alca Huamaní —quien llevó los osarios desde Abancay— y el extraordinario retablista ayacuchano Edilberto Jiménez, uno de los nexos fuertes con los chunguinos, caminaron todo ese trote para poder hacer presente al Estado y al movimiento de derechos humanos, apoyado por la cooperación alemana GIZ, a ese remoto lugar de nuestro país.

¿Qué sucedió en esa zona? Durante cinco años, SL tomó el poblado de Oronqoy y lo convirtió en “zona liberada”, rebautizándolo como Puka Llacta. Los pobladores fueron obligados a escapar en “retiradas” y los niños adiestrados en la versión senderista de la historia del Perú en la escuela, donde cantaban himnos al “presidente Gonzalo”. El pueblo entero fue secuestrado porque, al igual que otros, quedaba demasiado “lejos del Perú”. Pero cuando llegó el Estado y se instaló la base de Mollebamba, las injusticias no cesaron. Los sinchis rebautizaron la zona como “Oreja de Perro”. Decenas de mujeres fueron obligadas a dar “servicios” gratuitos de limpieza, cocina y por las noches, como “mujeres de confort” a la tropa y a los oficiales. Violadas sistemáticamente. Convertidas en esclavas sexuales por las mismas fuerzas del orden en las que confiaban para que los liberen de los terroristas.

“Los varones valían, las mujeres nada; los varones se quedaban con la mujer que les gustaba y la mujer solo tenía que aceptar, los militares las entregaban sin pena, como si no tuvieran sentimientos […] yo tenía esposo, pero los militares me entregaron a la fuerza a mi actual esposo de Defensa Civil, yo no lo conocía pero tenía que aceptarlo, por mis hijos [a mi primer esposo] lo mataron como a un perro colgándolo de un árbol en la plaza de Chungui. Mi vida es triste…”, manifiesta la señora M. a Edilberto Jiménez, en un testimonio que ha consignado en su libro, publicado por el IEP.

Oronqoy no significa Oreja de Perro; se usa en quechua para designar a los escarabajos. Pero hoy, después de años de varias masacres en la zona, tanto de senderistas como de las fuerzas del orden, Oronqoy significa vergüenza.

Publicado en La República, martes 03/11/2015

 

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