0
Compartir

Por Rocío Silva Santisteban

La mataron en su casa. Entraron de noche mientras dormía y le dispararon ocho balazos. Berta Cáceres era una mujer fuerte y de voz clara, de la etnia lenca, un grupo indígena hondureño; dirigía el concejo indígena COPINH y luchaba contra la megarrepresa Agua Zarca: proyecto internacional que afectaba al río Gualcarque con la finalidad de proveer de agua barata a las empresas mineras. Luego de multitudinarias movilizaciones, el Banco Mundial y la constructora china Sinohydro se retiraron del mismo: se quedó sola la compañía hondureña DESA.  Berta había recibido amenazas de todo calibre. Dicen que cuando Gustavo Castro, el único testigo del asesinato, vio la casa de Berta le dijo: “No es segura”. Era absolutamente cierto. Un año antes Berta había levantado la estatuilla redonda del Premio Goldman mientras la aplaudía un público variopinto en San Francisco. En su discurso agradeció y dijo: “No nos queda otro camino más que luchar. La Madre Tierra militarizada, cercada, envenenada, donde se violan sistemáticamente los derechos elementales, nos exige actuar. Construyamos entonces sociedades capaces de coexistir de manera justa, digna y por la vida.” Sus compañeros pensaron que el premio era una garantía para su vida. Se equivocaron.

Palabras similares pronunció Máxima Acuña de Chaupe la semana pasada cuando recibió la misma estatuilla del Premio Goldman en San Francisco. Al regresar a Lima y mientras daba una entrevista en vivo en el programa Cuarto Poder, su esposo Jaime reportó desde su casa en Tragadero Grande, corazón del proyecto Conga, que había escuchado y sentido balas rebotando contra su casa. Máxima hizo la denuncia al aire y el Ministerio del Interior, a través de Alejandro Silva, anunció que un grupo de policías de la comisaría de Sorochuco subirían de inmediato (2.5 horas de camino). Por la mañana el Cmdte Hugo Begazo declaró a los medios que no se había encontrado nada en la zona (¿no sería mejor, digo yo, denunciar al Ministerio Público y que vaya un perito de criminalística? Me ha sorprendido la capacidad de buscar entre el barro de la lluvia permanente en 24 hectáreas y en menos de dos horas casquillos de balas). Posterior a esta declaración, la empresa Minera Yanacocha, emitió un comunicado en el que ellos siempre han respetado la tranquilidad de la familia. No sé cómo se respeta la tranquilidad con cámaras de video apostadas en el alambrado que cerca la casa de los Chaupe, pero creo que esos videos podrían ayudar a descubrir: 1) quién acuchilló al perro de la familia hace 45 días; 2) quién está disparando o no a la casa. Personalmente, lo repito, dudo que sea la empresa o los empleados a través de órdenes explícitas. Pero sí creo que muchas personas, que detestan a los Chaupe y que viven de la empresa, pueden amenazar, abalear, hostilizar, acuchillar y hasta matar.

Máxima Acuña de Chaupe ha sido vilipendiada por la prensa genuflexa aduciendo que ella tiene muchos otros terrenos.  En efecto, tiene 11 parcelas de tierras, una de ellas le costó 100 soles. Las otras las recibió en herencia de su madre junto con sus hermanos: son pedazos de tierras eriazas. La mejor de ellas queda en Amarcucho, menos de 200 metros, donde vivían sus hijos para poder ir a la escuela local mientras sus padres sembraban olluco y papas en Tragadero Grande, el único terreno de 24 hectáreas que en 1993 le costó 1 torete, 1 carnero, 2 tejidos grandes y una semana de jornal de su marido, pagados a la comunidad de Sorochuco. Yo he visto la casa y puedo repetir, como Gustavo Castro, “no es un lugar seguro”.

Publicado en La República, martes 26/04/2016

 

Puede interesarte: