Por Ronald Gamarra H.

- Heridos en emboscada - (Foto Andina)
Catorce soldados, la mayoría de ellos casi adolescentes, despedazados y acribillados alevosamente. Muchachos humildes, pobres, marginados, discriminados, pero también esforzados y recios, resilientes. Sobrevivientes a la pobreza, pero no a la perfidia. La mayoría cumplía el servicio militar, de manera voluntaria, en un país donde solo lo cumplen los pobres. Chicos como muchos que conocemos, y que en otras circunstancias hubiésemos podido ser nosotros mismos, tales eran los jóvenes soldados sacrificados por una banda terrorista en el atentado de Tintay Puncu.
A estos jóvenes, que apenas han dejado la escuela, los envían al peor trabajo que cabe imaginar en nuestro país: prestar servicio en las zonas amagadas por las bandas de terroristas y narcotraficantes, exponiéndolos a perder la integridad física y psíquica, incluso la vida. No hay sueldo para ellos, sino propina. Ni hablar de seguro o indemnización decente por heridas de guerra o muerte. Lo mismo pasó con los soldados que combatieron en el Cenepa. ¿Acaso no los hemos visto reclamando ser atendidos? ¿Acaso no hemos visto a los viejos combatientes de la Campaña del 41 extinguirse poco a poco reclamando el pago de pensiones de gracia que no se cumplían y se entregaban como limosna?
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